
Confesiones de una sociópata: "Disfruto haciendo fechorías. No me gustan las muestras de cariño. Casi siempre que lloro estoy fingiendo"
Noa de la Torre ValenciaValencia
9-12 minutos
Esta es la historia de una confesión: «Me llamo Patric Gagne y soy sociópata». Quien confiesa no está entre rejas, sino sentada tras la pantalla en su despacho lleno de libros de Los Ángeles. Doctora en Psicología, felizmente casada y madre de dos hijos, Gagne es también miembro de un club de campo y adora cocinar para su familia. «A primera vista, soy como cualquier otra mujer estadounidense media». Pero, tras sus gafas de pasta negra y un rictus serio, se esconde otra mujer.
«No aguanto a vuestros amigos. Soy una mentirosa, una ladrona. Soy emocionalmente superficial. Soy casi inmune a los remordimientos y la culpa. Soy muy manipuladora. No me importa lo que piensen los demás. No me interesa la moral. No me interesa lo que digan. Las normas no influyen en mi toma de decisiones. Soy capaz de casi todo».
Así arranca su libro Sociópata. Unas memorias(Editorial Planeta), que llega ahora a España. Hechas las presentaciones, ahí va el spoiler: usted, yo y cualquiera de nosotros podría ser un sociópata. Porque están «escondidos por todos lados», asegura esta psicóloga sociópata.
«Una de las cosas que la gente no entiende sobre la sociopatía es que es algo con lo que uno puede llegar a identificarse. Todo el mundo tiene sentimientos oscuros», defiende en una entrevista por videollamada. «Por eso, la sociopatía es algo que se quiere demonizar y negar. Porque, para poder analizarla bien, la gente tiene que mirar en sus propios impulsos oscuros».
Y rebuscar en el pozo negro de las emociones no siempre es fácil.
Si Gagne se decidió a compartir su historia -a confesar- fue por dos motivos. El primero: su deseo de ayudar a otras personas con la misma enfermedad mental y que, según denuncia, carecen de apoyo institucional y social, de medios para lidiar con un trastorno de la personalidad sobre el que «no se ha logrado ningún progreso en términos de diagnóstico o tratamiento» desde que fue identificado.
El segundo: con un libro de autoayuda para sociópatas nadie le hubiera hecho caso. Confiese que a usted también le gusta el morbo y lo entenderá. De hecho, su salto a la fama llegó de la mano de un artículo que publicó en The New York Times. Su título: Se casó con una sociópata: conmigo. Así que sí: la sinceridad de unas memorias vende más y llega a más gente. Que al final es de lo que se trata. «Para que otros sociópatas puedan verse reflejados en una persona que tiene más que ofrecer, aparte de oscuridad», escribe Gagne.
-¿Nunca temió que confesar al mundo su sociopatía pudiera convertirle en una persona más vulnerable?
-Entiendo la pregunta y entiendo intelectualmente que sea algo de lo que preocuparse, pero no me preocupa. No tengo miedo como lo tienen las personas neurotípicas. No quiere decir que no experimente el miedo, sino que es silenciado.
"No aguanto a vuestros amigos. Soy una mentirosa, una ladrona. Soy superficial. Soy casi inmune a los remordimientos y la culpa. Soy muy manipuladora"
Ella misma revela que no fue hasta que cumplió 20 años y recibió el primer diagnóstico sobre su trastorno, cuando entendió realmente lo que pasaba por su cabeza. «Yo me di cuenta a una edad muy temprana de que algo en mí no era normal. No experimentaba emociones como los otros niños, lo que no quiere decir que no sintiera cosas».
Gagne se detiene aquí para puntualizar algo que para ella es importante: «Mucha gente piensa que los sociópatas no sienten, y no es verdad. Los sociópatas sí sentimos». Según explica, son capaces de sentir lo que ella llama emociones «inherentes». Es decir, emociones básicas como la ira, la alegría, la tristeza, el miedo, la sorpresa o el asco. Lo que les cuesta más a los sociópatas es «aprender» emociones más complejas, que pueden ir desde la empatía y el remordimiento al amor, la vergüenza o la compasión.
La niña Patric robaba mochilas en el colegio y no sentía nada. La niña Patric se colaba en casas ajenas y no veía dónde estaba el problema. La niña Patric experimentó una «especie de euforia» y una «profunda sensación de paz» cuando apuñaló a una compañera.
«En aquella época llevábamos estuches de metal para los lápices. El mío era rosa con personajes de Hello Kitty y estaba lleno de lápices HB afilados. Cogí uno, me puse en pie y se lo ensarté. El lápiz se astilló y una parte se le metió en el cuello. Syd empezó a chillar y los otros niños, como es comprensible, perdieron los nervios», relata Gagne en su libro.
La niña Patric aprendió pronto la lección. Ella argumenta ahora que admitir lo que la hacía diferente como niña no le ayudaba en nada. Más bien, todo lo contrario. «Como te puedes imaginar, un niño que le dice a un adulto que no siente remordimientos no va a recibir una respuesta positiva. Así que crecí ocultándome, actuando como si llevara una máscara».

Patric Gagné, de niña, en una foto del álbum familiar.
Lo de aparentar ser como los demás para integrarse socialmente no era más que un «mecanismo de defensa». Pero uno que acabó convirtiéndose en un «estilo de vida muy destructivo». Gagne subraya que este rasgo es algo común a los sociópatas. Y es lo que explica, por cierto, que sean muchos y, sin embargo, pasen tan desapercibidos. «Los sociópatas llevamos una máscara por la misma razón que la llevan las personas neurotípicas. Tenemos una parte de la personalidad con la que no nos sentimos cómodos si la tenemos que compartir con el resto del mundo». Algo más que comprensible, insiste, teniendo en cuenta que socialmente la sociopatía se equipara con la maldad o la crueldad. Y no siempre es así. «No todos los sociópatas somos unos criminales».
El secreto de la pequeña Patric era que hacer cosas malas le ayudaba a aplacar esa presión que se instalaba en el interior de su cabeza. Una tensión que iba en aumento y que sólo parecía aliviar la maldad.
-¿Llegó en algún momento a sentir miedo de sí misma?
-Me preocupé. No sabía hasta dónde me harían llegar esas compulsiones. Nunca sentí que quisiera lastimar a los demás o que quisiera hacer el mal por el simple hecho de hacerlo, pero tampoco entendía por qué sentía la necesidad de actuar así.
En la actualidad, sin embargo, esa presión interior apenas la sufre. En el fondo, asegura, «gran parte de esa tensión estaba impulsada por el hecho de que sentía que no podía ser yo misma». «Siempre tuve que fingir emociones que no experimentaba. Sentía como si llevara una camisa de fuerza que ya no llevo puesta», agrega. «Ahora soy muy sincera en cuanto a lo que puedo y no puedo aportar a las relaciones».
Y, para ejemplo, lo que le soltó un día al que hoy es su marido: «Decir la verdad es algo en lo que me tengo que esforzar. Me gusta estar sola. No me entusiasman las muestras de cariño. O, mejor dicho, no me gustan. Me lo paso bien haciendo fechorías y tengo que hacer un esfuerzo activo por evitarlo. Cada día. Como si fuera alcohólica. Casi siempre que lloro, lo estoy fingiendo». Para quien se lo esté preguntando, él la abrazó y la besó. Y ella, a su manera, también le quiere... «Que yo ame de manera diferente no significa que mi amor no cuente».
El amor -sentirlo, expresarlo- siempre fue un reto para Gagne. También el amor maternal. «El camino de mi maternidad no fue lo que se dice ortodoxo», cuenta en sus memorias. «Ni se pareció en nada a lo que había leído en libros, ni visto en televisión. Cuando nació nuestro hijo, no me venció la emoción. No sentí la oleada de amor perfecto que me habían prometido. Y me enfadé». Tanto, que en un primer momento se negó a cogerlo en brazos. De nuevo, fue su marido quien salió a rescatarla de su incapacidad para conectar con sus sentimientos: «Sé que quieres a este niño. Que tu amor sea diferente no quiere decir que no valga».
-¿Qué le asustaba?
-No poder satisfacer las necesidades emocionales de mi hijo. A veces es cierto, pero descubrí que no soy la única con ese temor. También lo tienen muchas madres neurotípicas. Aprendí que tengo un arsenal de herramientas para lidiar con eso. Puede que no sean las mismas que las de una madre neurotípica, pero no pasa nada.
De ahí que Gagne no dude a la hora de pedir empatía por las personas sociópatas. «Somos seres humanos, ¿sabes? La gente odia a los sociópatas porque no demuestran empatía. Y, sin embargo, parece que también somos personas que no la merecemos. Me parece un argumento hipócrita».
La realidad, según remarca, es que «la mayoría de los sociópatas no son delincuentes peligrosos». Gagne lanza la pregunta: ¿Hay que ser empáticos con un niño que se comporta de manera antisocial? La verdad es que sí, responde ella. Por supuesto que sí.
«Son niños que buscan comprensión. Son pacientes que esperan validación. Son seres humanos que necesitan compasión. Sin embargo, el sistema les falla. Los colegios no los reconocen. Los profesionales no los tratan. Apenas tienen dónde buscar ayuda», analiza en su libro. Sólo en Estados Unidos se calcula que 15 millones de personas son sociópatas.
Gagne está convencida de que acabó estudiando Psicología para poder comprender su mente, para entenderse a sí misma. Algunos de sus compañeros conocían su diagnóstico y pensaban que podría ayudar a otros sociópatas, así que empezaron a remitirle sus «pacientes problemáticos». Alquiló una consulta y pronto se hizo conocida como «la psicóloga de los sociópatas». «Mi consulta era como un bar clandestino psicológico, sin licencia y poco ortodoxo», rememora. «Recibía con los brazos abiertos a los que nadie más quería tratar».
En este sentido, lamenta que ayudar a los sociópatas no está precisamente bien visto. «Si aprendemos a ver a estas personas como personas, podremos empezar a entender y a tratar el trastorno».
Preguntada por si los sociópatas son en el fondo unos incomprendidos, la respuesta de esta psicóloga no deja lugar a dudas: «Muchísimo». «Al negarnos a reconocerlos como algo más que unos monstruos, estamos perdiendo la oportunidad de tratar un trastorno de la personalidad».
Fuente:
https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/01/25/6793a3f0e85ece802a8b4583.html?utm_source=firefox-newtab-es-es