El Arropiero, un asesino en serie (1964-1971)
Apodado "El Arropiero" por el trabajo al cual había dedicado su vida su padre, vender arrope (un producto obtenido por la deshidratación del mosto con consistencia de jarabe), Manuel Delgado Villegas está considerado uno de los peores asesinos en serie de la historia de España. El Arropiero, que se jactaba de haber cometido 48 asesinatos, fue un psicópata necrófilo al que, entre otras cosas horribles, le gustaba practicar sexo con los cadáveres de sus víctimas. Exlegionario y vagabundo bisexual, el "arropiero" se ganaba la vida ejerciendo de "chapero" y vendiendo su sangre. Durante su etapa como legionario (cuerpo en el que ingresó en 1961) aprendió el mortal "golpe del legionario" (o "tragantón", consistente en golpear la nuez del contrario con el canto de la mano), golpe que aplicó en más de uno de sus asesinatos. De este modo confundió a la policía al hacer pasar algunos de sus crímenes por una simple asfixia debida a causas naturales. Tras desertar de la legión, El Arropiero dejó tras de sí un fatídico reguero de crímenes. Con su característico bigote a lo "Cantinflas", el criminal fue detenido el 18 de enero de 1971 en el Puerto de Santa María (Cádiz) tras el hallazgo en un descampado del cadáver de Antonia Rodríguez, con la que mantenía una relación sentimental. Tras su detención confesó que la había asesinado por poner en duda su virilidad y por haberle propuesto unas prácticas que a él no le gustaron. En realidad, a El Arropiero se le pudieron probar siete crímenes, cometidos entre 1964 y 1971. Tras su detención, un informe psiquiátrico redactado el 12 de abril de 1972 lo define como "un peligro social en grado supremo". Los análisis genéticos determinaron que el criminal era portador de 47 cromosomas con trisomía sexual XYY, el controvertido "cromosoma de la violencia" (aunque los estudios actuales descartan este extremo). Pero a la hora de juzgarlo, las autoridades se encontraron con un problema. Dictaminar que el procesado sufría enajenación mental suponía una condena de tan solo quince años, por lo que la Audiencia Nacional optó por por no juzgarlo y dejarlo hasta el final de sus días en manos de psiquiatras, siempre y cuando la justicia no reconsiderase el caso. Así, ingresado de por vida, la misma Audiencia Nacional afirmó finalmente que su internamiento sin juicio previo era incompatible con el sistema de garantías previsto por la ley. Tras más de veinte años de psiquiátrico en psiquiátrico penitenciario, la actitud de Manuel Villegas Delgado, El Arropiero empezó a cambiar y dejó de enfrentarse con el resto de reclusos y de presumir de haber cometido todos aquellos asesinatos. Al final, gracias a un cambio en el Código Penal, Manuel Villegas consiguió la libertad y pasó sus últimos años vagando por las calles de Badalona hasta que una afección pulmonar acabó con su vida el 2 de febrero de 1998, a los 55 años.
El crimen de la tinaja (1969)
Hace 54 años se produjo un asesinato que conmocionó a toda la sociedad española. El 13 de agosto de 1969, un joven bombero se encontró con el cuerpo semidesnudo de una joven en el interior de una gigantesca tinaja para guardar aceite en la conocida como "Casa de la viuda", una alquería abandonada entre los madrileños distritos de Hortaleza y Canillejas. Cuando la policía llegó al lugar de los hechos comprobó que aquella mujer tenía el pelo teñido de rubio y presentaba claras evidencias de maltrato físico. El cuerpo mostraba diversos hematomas y arañazos, los pantalones estaban bajados y tenía el suéter enrollado alrededor del cuello. La cara estaba amoratada y deformada, y las marcas de sangre coagulada en el cuello demostraban que había muerto por estrangulamiento. La investigación se centró primero en identificar a la víctima; un documento redactado en inglés encontrado junto a la muchacha proporcionó la respuesta: se trataba de una mujer estadounidense llamada Kerry Payne. Sin embargo, finalmente se descubrió que su nombre real era Natividad Romero Rodríguez, que tenía 28 años y que era originaria de la localidad jienense de Siles. Natividad estuvo casada con un militar estadounidense destinado en la base de Torrejón de Ardoz, el cual fallecería posteriormente en Vietnam. Kerry Payne era el nombre que usaba Natividad para hacerse pasar por estadounidense durante sus constantes salidas nocturnas por Madrid y, de este modo, poder engañar a algunos incautos cuya privilegiada posición económica era lo que andaba buscando. Natividad era una asidua de las salas de fiesta madrileñas, y a pesar de que cobraba una pensión de viudedad, se prostituía para poder seguir manteniendo su elevado tren de vida. Las investigaciones que se llevaron a cabo para esclarecer el crimen sacaron a la luz ciertos detalles escabrosos de la vida de Natividad, como que había pasado varios meses en prisión donde mantuvo diversas relaciones sexuales con otras reclusas, que era alcohólica y que a consecuencia de ello tuvo que ser ingresada en un centro psiquiátrico. Pero a pesar de todos los esfuerzos, la policía no pudo dar con el autor del crimen. Durante las primeras semanas se llevaron a cabo varias detenciones, aunque los sospechosos, tras demostrar su inocencia, eran puestos en libertad. Pero transcurridos dos años desde el crimen tuvo lugar otro suceso. Un proxeneta llamado Gregorio Ávila Sotoca asesinó de una puñalada a José Antonio Sánchez en Madrid. Tras ser detenido por la policía, Ávila Sotoca confesó a la Brigada de Investigación Criminal que él también era el autor del asesinato de Natividad. La reconstrucción de los hechos convenció a la policía de que habían detenido al autor del crimen de Natividad Romero. Sin embargo, cuando fue llevado a juicio, Gregorio se desdijo de sus afirmaciones y la falta de pruebas obligó al juez a absolverle. Aquel revés llevó a la policía a sospechar de algunos de los militares norteamericanos de la base de Torrejón. Sin embargo, las buenas relaciones que mantenían los Gobiernos de España y Estado Unidos obligaron a la policía a cerrar el caso para evitar un conflicto diplomático entre ambos países. El misterio sobre el asesinato de Natividad Romero persiste.
El crimen del cortijo de los "Los Galindos" (1975)
El 22 de julio de 1975, cinco personas fueron asesinadas en el cortijo Los Galindos, situado en el término municipal de Paradas, en la provincia de Sevilla. Un caso que aún a día de hoy sigue rodeado de incógnitas. Al parecer, el móvil de aquel crimen múltiple no fue otro que el económico, derivado de un supuesto fraude en la cooperativa Coduva y que presuntamente habría sido descubierto por Manuel Zapata, capataz del cortijo. Los Galindos era propiedad de María de las Mercedes Delgado Durán, que se casó en 1954 con Gonzalo Fernández de Córdova y Topete, marqués de Valparaíso y de Grañina. Para llevar a cabo la gestión económica de sus cinco fincas, el marqués nombró como administrador a Antonio Gutiérrez Martín, un oficial del ejército en aquel momento en la reserva. Según se dice, bajo ningún concepto el marqués quería que su suegro se enterase del desfalco, así que junto con su administrador y un sicario al que llamaban Curro (un individuo que había pertenecido al hampa y era un viejo conocido de la policía), se presentó en la finca para sobornar a Zapata y, en caso de que el dinero no fuera suficiente, darle un susto. El soborno no surtió efecto y la fuerza desmedida empleada por Curro acabó en tragedia. El sicario le propinó un golpe seco con el "pajarito" (un hierro acabado en punta que forma parte de la empacadora de paja) y cuando Zapata cayó al suelo le clavó un bielgo (una especie de tenedor de hierro gigante de tres puntas que se utiliza para remover la paja) en el corazón. Juanita Martín, la esposa de Manuel Zapata, escuchó el grito desgarrador de su marido y, sin quererlo, se convirtió en un testigo incómodo al que no se podía dejar con vida. Curro se acercó a ella y, con la misma pieza de metal con la que había acabado con la vida de su marido, le asestó dos golpes en la cabeza hasta matarla. Según la versión del hijo del marqués, Juan Mateo Fernández de Córdova, su padre y el administrador ayudaron al criminal a trasladar los cuerpos a otras estancias y a ocultarlos con paja. Al día siguiente, y siempre según la versión de Juan Mateo, tras ocultar los cadáveres, el marqués y el administrador cerraron el cortijo y se fueron en tren hasta Málaga, donde supuestamente ya estaban desde hacía varios días para asistir al entierro de un familiar del marqués. Pero lo que ocurrió después en el cortijo nunca ha quedado claro y, aparte de las muertes, el modo en que se sucedieron los hechos no deja de ser una conjetura. Se dijo que Curro se quedó en el cortijo cuando oyó acercarse un tractor: era Ramón Parrilla, uno de los tractoristas, que regresaba para reparar una cisterna de agua. Nada más bajarse del vehículo, Curro le disparó con una escopeta. Ramón intentó protegerse con las manos y salió huyendo, pero Curro le dio caza y lo remató por la espalda. Ajenos a la tragedia, llegaron al cortijo otro de los tractoristas, José González, acompañado de su esposa. Ambos fueron también abatidos, aunque Curro resultó herido de un navajazo que le asestó González. Entonces, Curro intentaría hacer desaparecer todos los cadáveres apilándolos sobre un montón de paja y prendiéndoles fuego. Pero la inmensa columna de humo alertó a los vecinos y a la Guardia Civil. Al final, Curro logró escapar. Durante años, se vertieron culpabilidades sobre algunos de los muertos, principalmente contra Juan Zapata, el capataz, el primero en ser asesinado, pero cuyo cadáver fue el último en aparecer (tres días después del crimen). También se sospechó de uno de los tractoristas, José González, que fue exonerado de toda sospecha en 1983.
El asesinato de los marqueses de Urquijo (1980)
La madrugada del 1 de agosto de 1980 se inscribe por méritos propios en la crónica negra española. Esa noche, tres asaltantes saltaron la valla de la mansión del Camino Viejo de Húmera, propiedad de los marqueses de Urquijo, y los asesinaron en sus camas a sangre fría. Al día siguiente, extrañada de que los marqueses no se hubieran levantado aún, una de las empleadas del servicio acudió a sus dormitorios (los marqueses dormían en habitaciones separadas) sin imaginar la terrible escena que iba a encontrarse: ambos yacían en sus camas con un tiro en la frente. Tras dar la voz de alarma llegó la policía, y con ella los fallos en la reconstrucción de los hechos. No sería hasta la llegada de Luis Aguirre, inspector jefe del Grupo IX de Homicidios, que los agentes se dieron cuenta de que en el suelo de la habitación de Manuel de la Sierra y Torres, marqués de Urquijo, había cuatro casquillos de bala que pertenecía a un modelo de pistola muy difícil de encontrar: una Star, calibre 22 Long Rifle. La cadena de errores en la investigación comenzó cuando, tras las primeras indagaciones, los agentes abandonaron la mansión sin encontrar la pistola ni percatarse de que la caja fuerte no había sido forzada y que los objetos de valor seguían en su interior. Quien sí se fijó en aquel detalle fue el administrador de la familia, Diego Martínez Herrera, el cual, tras ofrecer su colaboración al inspector jefe Aguirre, no perdió ni un segundo en vaciar la caja fuerte, pues conocía su combinación. Acto seguido le prendió fuego en el jardín, algo que no pasó desapercibido para algunos testigos. Después ordenó al servicio que limpiara las manchas de sangre de los dormitorios, algo que dificultaría el posterior trabajo de los forenses. En aquel momento, la asistenta vio que a los pies de la cama de la marquesa había un lazo negro y cuando ella y el mayordomo lo quisieron poner en conocimiento del inspector jefe, la hija de los marqueses, Myriam de la Sierra, no se lo permitió. Desde el principio la policía barajó la posibilidad de que el autor o autores fueran conocidos de las víctimas, algo que posteriormente el subcomisario encargado de llevar a cabo las primeras investigaciones, Antonio Herrero, confirmaría: la puerta de la piscina había sido forzada con un soplete y el autor del crimen fue especialmente meticuloso a la hora de poner un esparadrapo para evitar que los cristales cayeran al suelo. Todas las miradas se dirigieron entonces a una persona: el yerno de los marqueses, Rafael Escobedo. Según este, el día antes del crimen estuvo comiendo con su amigo, el fotógrafo Javier Anastasio, con quien pasó la noche yendo de copas por Madrid. Tras su separación de Myriam, la hija de los marqueses, Escobedo se fue a vivir a una finca propiedad de sus padres donde más tarde se encontrarían unos casquillos de bala que coincidían con el arma homicida. El 8 de abril de 1981, Rafael Escobedo era detenido. Sin embargo, aquellos casquillos desaparecieron de forma misteriosa en los juzgados de Madrid. Una vez en prisión, el acusado acabó confesando su culpabilidad, pero, según manifestaría después su hermano, aquella confesión se produjo tras largas jornadas de tortura. La policía averiguó después que Javier Anastasio, el amigo de Escobedo, y el administrador de la familia habían cogido un vuelo por separado a Londres, donde también se encontraba el hijo de los marqueses, Juan de la Sierra. Escobedo fue condenado a 53 años de prisión por el doble asesinato de los marqueses. El 27 de julio de 1988, encontraron su cuerpo sin vida colgando de una sábana y con restos de cianuro en los pulmones. Si era inocente ¿porque se declaró culpable?
Los asesinatos de "El Mataviejas" (1987)
El de "El Mataviejas" es uno de los casos criminales más impactantes que han tenido lugar en España en los últimos años, debido, principalmente, al tipo de víctimas que escogía el asesino: ancianas indefensas. De hecho, el autor de tales actos, José Antonio Rodríguez Vega, puede considerarse como el mayor asesino en serie que haya conocido España. Su faceta delictiva, que se desarrolló en la ciudad de Santander, se divide en dos etapas claramente diferenciadas. Su juventud estuvo marcada por el odio a las mujeres, que empezó a desarrollarse cuando su madre lo echó de casa por maltratar a su padre que estaba en fase terminal. A partir de entonces dio inició su carrera como violador. El 17 de octubre de 1978 fue detenido por la policía, aunque nunca se pudo llegar a determinar el número total de violaciones que había cometido. Apodado "el violador de la moto", porque buscaba a sus víctimas montado en este vehículo, fue condenado a 27 años de prisión, de los cuales solamente cumplió ocho debido a que gracias a sus dotes de persuasión logró que todas sus víctimas, menos una, le perdonasen. Su primera esposa, Socorro Marcial, lo abandonó y se llevó con ella a su hijo nada más conocer lo ocurrido. Pero gracias a su buen comportamiento, Rodríguez salió de prisión a los ocho años, y conoció a una mujer con discapacidad con la que se casó y que jamás sospechó de la doble vida de su marido. Es precisamente aquí cuando empieza la segunda y más macabra etapa criminal del asesino. Mientras que en casa era considerado un buen marido y una persona trabajadora, fuera de ella continuaba con su personal cruzada contra su madre. José Antonio Rodríguez era un seductor empedernido y su cara de buen chico le facilitó que las mujeres, confiadas, le abrieran las puertas de su casa sin sospechar nada. Así, desde abril de 1987 a abril de 1988, José Antonio Rodriguez asesinó a 16 ancianas. Margarita González Sánchez, Natividad Robledo Espinosa o Julia Paz Fernández son los nombres de algunas de sus víctimas, pero el listado es aún más escalofriante teniendo en cuenta que las escogía a sabiendas de que vivían solas para asesinarlas y luego poder robarles. Al final, un confiado José Antonio Rodríguez acabó cometiendo errores que acabarían con su detención. Algunos eran tan obvios que la policía no pudo evitar preguntarse si fueron equivocaciones o en realidad quería que lo detuvieran. Rodríguez pasó de ser cuidadoso a dejar una tarjeta de visita con su nombre y dirección en el escenario de uno de sus crímenes. Su detención se produjo el 19 de mayo de 1988, en plena calle. Una vez en dependencias policiales, el asesino confesó todos sus crímenes, y cuando la policía registró su vivienda encontraron una habitación decorada de color rojo donde tenía expuestos todos los objetos que había robado a sus víctimas: joyas, porcelanas, estampitas, televisores… Ante los medios de comunicación, el criminal se presentaba como un ególatra, con una sonrisa siempre en su rostro y muy cínico. Frente las cámaras, alardeaba del perdón que le habían dado las mujeres a las que había violado y presumía de no tener problemas sexuales. Fue condenado a 440 años de cárcel. Al considerarse un preso muy peligroso, José Antonio Rodríguez era trasladado continuamente de prisión. Finalmente, el 24 de octubre de 2002 fue trasladado a la penitenciaria de Tropas, en Salamanca. Allí, dos reclusos, Enrique Valle González, apodado "El Zanahorio" por el color de su pelo, y Daniel Rodríguez Obelleiro, le asestaron entre 60 y 70 puñaladas con dos pinchos de fabricación casera. José Antonio Rodríguez Vega falleció al instante y fue enterrado en una fosa común en el cementerio de Salamanca.
La masacre de Puerto Hurraco (1990)
En la memoria colectiva de los españoles, el pueblo extremeño de Puerto Hurraco estará para siempre asociado a un sangriento suceso. En lo que algunos denominaban entonces la "España profunda", Puerto Hurraco fue el escenario donde tuvo lugar el capítulo final de una historia de odio atávico entre dos familias: los Izquierdo, o "los Patapelás", y los Cabanillas, o "los Amadeos”, una historia de rencor que se saldó con la vida de nueve personas. "Vamos a cazar tórtolas". Esta fue la frase con la que aquella tórrida noche de verano del 26 de agosto de 1990, los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo se despidieron de su familia. Nada más salir de sus casas vestidos de cazadores y armados con escopetas la emprendieron a tiros, pero no para cazar pájaros, sino para acabar con la vida de sus vecinos. Entre ellos se encontraban dos niñas, Antonia y Encarnación Cabanillas, de 13 y 14 años, que formaban parte del clan rival de los Cabanillas. Pero ¿a qué venía tanta inquina? El profundo odio entre los dos clanes se remontaba treinta años atrás, y se originó (como en tantos otros casos) a causa de una disputa por las lindes de unas tierras, aunque también por un trágico acontecimiento: el asesinato a puñaladas de Amadeo Cabanillas a manos de Jerónimo Izquierdo a causa del rechazo de Amadeo a casarse con Luciana, hermana de Jerónimo. Tras cumplir condena, Jerónimo regresó al pueblo en 1986 para vengar la muerte de su madre, fallecida en un incendio del que acusaba a sus rivales, a pesar de que la investigación policial nunca pudo demostrar que los Cabanillas fueran los causantes del siniestro. Pero eso no convenció a Jerónimo, que, sediento de sangre, apuñaló a otro de los hermanos Cabanillas, Antonio, el cual, a pesar de las heridas recibidas, consiguió sobrevivir. Detenido de nuevo por la policía, Jerónimo Izquierdo fue ingresado en un psiquiátrico donde murió nueve días más tarde. Pero la sed de venganza de los Izquierdo era inmensa. Instigados por sus dos hermanas, Ángela y Luciana (la mujer rechazada por Amadeo tantos años atrás), Emilio y Antonio Izquierdo cometieron en Puerto Hurraco una masacre que aún hoy es recordada por su brutalidad. Tras matar a las dos niñas, y a pesar de que su objetivo real era Antonio Cabanillas, los hermanos Izquierdo la emprendieron a tiros con todo aquel que se cruzaba en su camino. El siguiente en caer fue Manuel Cabanillas, que encontró la muerte al salir a la calle alertado por el tiroteo. Otra vecina, Araceli Murillo Romero, fue alcanzada por dos disparos al ir a socorrer a las niñas. El siguiente en caer fue José Penco Rosales. Totalmente enloquecidos, los hermanos Izquierdo dispararon contra tres vecinos más que trataban de huir: Manuel Benítez, Antonia Murillo Fernández y Reinaldo Benítez; los dos últimos murieron en el acto. Aquella orgía de sangre y tiros acabó con la vida de nueve personas (los asesinatos de Andrés Ojeda Gallardo e Isabel Carrillo Dávila se produjeron más tarde). Finalmente, alertada por unos vecinos, la Guardia Civil se personó en el lugar de los hechos donde dos agentes fueron heridos por los hermanos Izquierdo durante su huida. Tras movilizar doscientos efectivos, a las nueve de la mañana del día siguiente, Antonio y Emilio Izquierdo fueron capturados por agentes de la Benemérita mientras dormían en el bosque. Tras su detención, Emilio aseguró que "si no me cogen, hubiera ido al entierro a matar a más gente. Estoy tranquilo tras vengar la muerte de mi madre". El juez los condenó a 684 años de cárcel y 300 millones de pesetas de indemnización (1,8 millones de euros) y las hermanas, acusadas de inductoras, fueron ingresadas en el psiquiátrico de Mérida.
Margarita Sánchez Gutiérrez, “la viuda negra” (1990)
Durante la década de 1990, Barcelona fue el escenario de un oscuro episodio que se enmarca en la crónica negra española. En la Ciudad Condal, la policía detuvo a una mujer por el presunto asesinato de varios de sus familiares y vecinos con veneno. Las acciones de Margarita Sánchez, que sería conocida como la "viuda negra de Barcelona", dejaron cuatro víctimas mortales y tres intentos frustrados. Nacida en Málaga en 1953, Margarita tuvo una infancia muy infeliz. Su familia no disponía de recursos y arrastraba graves problemas con el alcohol. Margarita fue también muy desgraciada en la escuela, donde fue señalada por sus compañeros de clase debido a un grave problema de estrabismo. Finalmente acabó abandonando los estudios, lo que le provocó una profunda depresión. La niña desarrolló entonces un comportamiento antisocial que, a la postre, afectaría a sus futuras relaciones. Poco después, la familia se trasladó a un barrio humilde de la capital catalana donde Margarita conocería a Luis Navarro Nuez, un conductor de metro con el que se instalaría en la calle Riera Blanca de la ciudad y con quien tendría dos hijos. Pero cuando el padre de Luis cayó enfermo, el matrimonio se volvió a mudar, esta vez a la calle Caballero. De nuevo el alcohol se cruzaría en el camino de Margarita cuando descubrió que su marido era alcohólico y empezó a necesitar calmantes para poder dormir. Para salir adelante, Margarita trabajaba cuidando enfermos, lo que le permitió entrar en contacto con ciertos medicamentos. Poco tiempo después, el suegro de Margarita murió, y la familia fue desahuciada, por lo que se vieron obligados a ir a vivir con la madre de Luis. Pero las peleas con su suegra y su marido eran continuas,. Margarita tenía una vecina y amiga llamada Rosa, una mujer de 70 años que el 3 de agosto de 1992 ingresó en un hospital barcelonés. Al cabo de unos días, Rosa murió de una manera misteriosa. La policía descubrió que en la cuenta bancaria de la fallecida faltaba un millón de pesetas y que varios objetos de valor habían desaparecido. El 26 de octubre moría el marido de Margarita "por causas naturales", según el informe médico. Un mes antes, Luis ya había sido ingresado aquejado de una intoxicación a la que no dieron importancia, ya que tomaba una fuerte medicación para dormir y además era alcohólico. Pero los casos extraños continuaron. La siguiente en caer enferma fue la suegra de Margarita. Ingresó cinco veces en el hospital por graves intoxicaciones, de las que acusó a su nuera, aunque logró sobrevivir. Al final, Margarita decidió irse a vivir con su hermana y su cuñado, que al poco tiempo cayó en coma muriendo pocos días después (también su dinero desapareció de la cuenta corriente). La siguiente víctima fue José Antonio Cerqueira, al cual le desapareció medio millón de pesetas de su cuenta bancaria. En 1993, Margarita entabló amistad con Piedad Hinojo. A los pocos días, Margarita llamó a su hija para explicarle que hacía días que no sabia nada de ella y, alarmada, se dirigió a la vivienda de su madre donde la encontró inconsciente. Por fortuna, Piedad sobrevivió, pero durante el tiempo que pasó en el hospital, Margarita le robó el dinero y las joyas. Finalmente, un error cometido por la propia Margarita (se olvidó algunos documentos de sus víctimas en casa de su suegra) puso en alerta a la policía, que descubrió que la mujer solía comprar en la farmacia cianamida cálcica, un compuesto de cianuro extremadamente difícil de detectar. Fue detenida en 1996 junto a su hija Sonia acusada de cómplice. La joven fue condenada a cinco años, pero al ser menor de edad ingresó en un Centro de Menores de la Generalitat de Cataluña. Por su parte, Margarita Sánchez fue sentenciada a 34 años de prisión, aunque no por los asesinatos, que nunca pudieron ser probados, sino por falsificación, robo y lesiones.
El crimen del rol (1994)
Javier Rosado, un aplicado estudiante de química de 21 años, y su amigo, Félix Martínez, de tan solo 17 años, se aficionaron a algo que se había puesto de moda en los años noventa: los juegos de rol. Este juego, importado de los Estados Unidos, consistía en que cada uno de los jugadores tenía que asumir el "rol" de personajes imaginarios a lo largo de una historia en la cual uno de los miembros, en este caso Javier Rosado, asumía el papel de master o director del juego. En muchas ocasiones, los dos jóvenes fueron más allá de la filosofía básica del juego para adoptar oscuros comportamientos, convirtiendo el juego de rol en algo real. Era tal la imaginación de Javier Rosado, que, inspirado en libros de terror, ciencia ficción, cómics y vídeos, inventó un juego repleto de personajes violentos y armados, impregnados de odio, al que tituló "Razas". A principios de 1994, ambos amigos decidieron traspasar los límites de la diversión, y como parte de su juego privado idearon un plan para matar a una persona. La víctima, preferiblemente, "debía ser una chica joven, y en su defecto, un menor o una persona mayor". Lo tenían todo muy bien planeado: Javier apuñalaría de manera reiterada a la víctima en zonas no vitales del cuerpo con la intención de infligirle el máximo dolor y debilitarla, mientras que Félix le ayudaría en todo lo necesario. La madrugada del 30 de abril de 1994 fue la fecha escogida. Ese día, Javier y Félix salieron a la calle en busca de alguien a quien asesinar. Se dirigieron al madrileño barrio de Manoteras, y tras un largo rato de espera se enfundaron unos guantes de látex y, empuñando un cuchillo cada uno, abordaron a Carlos Moreno, un hombre de 52 años que acababa de salir de trabajar. Le amenazaron y le pidieron del dinero que llevaba encima, 60.000 pesetas. Después, tras obligarlo a poner la manos en la espalda, le asestaron una cuchillada en el cuello seguida de varias más. El hombre intentó huir, pero fue alcanzado por los jóvenes que siguieron acuchillándolo en un terraplén. Javier perdió su cuchillo y entonces empezó a morder a la víctima, mientras que Félix seguía asestándole navajazos. Carlos tardó quince minutos en morir debido a las terribles heridas provocadas por aquellos jóvenes que habían entrado en un especie de trance criminal. El cadáver de Carlos Moreno fue hallado más tarde por un conductor de autobús que se había parado a fumar un cigarrillo. La escena era dantesca: el cadáver de un hombre que había sido apuñalado 19 veces, degollado, destripado y con la columna rota. El forense halló un pedazo de un guante de látex en la boca de la víctima, pero la policía no pudo vincularlo con los autores porque estos no tenían antecedentes. Pasaron los meses y la policía no era capaz de identificar al autor o autores del crimen. Sin evitar alardear de lo sucedido ante sus amigos, fue uno de ellos, Enrique, quien confesaría al párroco lo que le había contado Javier. El sacerdote le recomendó que lo comentara con sus padres, los cuales decidieron denunciar los hechos ante la policía. Cuando los agentes registraron los domicilios de ambos jóvenes encontraron un diario en el que Javier Rosado describía así su crimen: "Seguí desgarrándole el cuello, proponiéndome a mí mismo cosas del estilo de ¡conseguiré arrancar este cartílago en menos de tres intentos! ¡Llegaré a las cuerdas vocales y dejará de hacer ruido! Era espantoso: ¡Lo que tarda en morir un idiota! Era algo increíble y portentoso: llevábamos casi un cuarto de hora machacándole y seguía intentado hacer ruidos. ¡Qué asco de tío!". Tras el juicio, no quedó probado que Javier Rosado padeciera una esquizofrenia paranoide. Javier Rosado fue condenado a 42 años y dos meses de prisión y Félix, a doce años de reclusión mayor por asesinato.
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/espana-negra-recorrido-por-crimenes-mas-atroces-cometidos-nuestro-pais_20160