Bailey, Rachel, María y Ronan
La pequeña estancia huele a piedra vieja, cera derretida y algo más dulce: pan tostado, quizás, o una infusión con canela. Rynne les hace un gesto para que se acomoden, mientras dispone con parsimonia varias tazas de loza desparejadas sobre la mesa. Sirve té humeante desde una tetera de hierro, con el cuidado de quien ha repetido ese gesto a lo largo de muchas vidas ajenas.
Saca un tarro de cristal con tapa de cera y cuerda, y lo abre con un leve crujido. Dentro, galletas caseras: no muchas, algo irregulares, pero doradas y con trocitos de chocolate oscuro incrustados, como si llevaran secretos dulces en su interior. Las pone en un plato de barro esmaltado y añade, con media sonrisa:
"El chocolate viene de Amn. Lo cambio por flores secas en el mercado. No me preguntéis por qué, pero funciona."
Una vez todos han tomado asiento, ella misma se acomoda en una silla con respaldo bajo, entre cojines algo raídos pero limpios. Se anuda la capa sobre los hombros con una cinta de lino gastado y posa las manos sobre las rodillas antes de hablar:
"Me llamo Rynne Arvell. Guardiana de este lugar… o eso dicen los libros. En realidad, soy poco más que una centinela de viejas historias. Me ocupo de los muertos. De que no molesten. De que no se levanten. De que sean recordados."
Hace una pausa, con la mirada un poco perdida en el vapor del té.
"Conocí a Varl cuando no era más que una muchacha con hambre de saber y más preguntas que modales. Él estaba en el Callejón de las Linternas, claro… siempre ha estado allí. No he conocido nunca a nadie tan lleno de secretos ni tan dispuesto a compartirlos… si sabías qué preguntar. Nos escribimos de vez en cuando. A veces me envía cosas extrañas. Libros, objetos, alguna reliquia polvorienta. Pero esta vez…"
Sus dedos buscan con precisión el borde del paquete, que aún está sobre la mesa. Lo abre con un gesto calmo, casi ceremonial. Retira la tela oscura y desata el cordel plateado.
Dentro, reposa una daga. Antigua. El metal ennegrecido pero aún afilado. La empuñadura de hueso claro, pulida por siglos. Sin adornos, sin nombre grabado. Solo una línea de inscripciones élficas apenas visibles al trasluz. Rynne la toma con sumo cuidado y la deposita sobre la mesa, sobre un trapo limpio.
"La llaman Lagrimosa. No por llorar, sino porque fue encontrada en el pecho de un cadáver que nunca debió despertar. Hace más de mil años."
El silencio se instala. Solo el lejano silbido de alguien —probablemente Pizz, aburrido junto a las lápidas— rompe la quietud.
"El presagio de esta mañana… no eran imaginaciones mías, parece. Aunque me pregunto cómo podría haberlo sabido Varl. "—Hace una pausa, y luego se corrige—. "No, no me lo pregunto. Es un Vaeltharyn, después de todo. Uno de los buenos. Se cuentan con los dedos de una mano. Familia de contrastes..."
Levanta la vista hacia ellos. Hay cansancio en su mirada, pero también firmeza.
"Necesito ayuda. No es tarea sencilla. Y no os la pediría gratis. Pero esta daga no ha vuelto a mí por azar. Y si ha sido Varl quien os la ha confiado… tal vez estéis destinados a intervenir."
Hace una pausa, y con gesto sereno, añade:
"¿Estáis dispuestos a aceptar un encargo, a cambio de un pago justo?"
El silencio se espesa de nuevo. La daga reposa en el centro de la mesa, entre el vapor del té y el aroma del chocolate.
Y sobre todos ellos, la promesa de algo oscuro despertando entre las tumbas.