Rachel
Verbal, que ya se preparaba para retirarse con dignidad sacerdotal, se detiene y asiente lentamente, como quien acepta que el martirio también incluye gestiones logísticas.
"Dos celdas. Simples, pero limpias," dice, sin adornos—. "Están en la ladera norte, justo bajo el montículo donde descansan los Siete Caídos. Tumbas humildes, ya sabéis, pero cargadas de historia. No tendréis mejor protección que su sombra."
Rynne asiente con aprobación y lanza una mirada significativa a Rachel.
"Son antiguas, como la mía, pero más frescas. Menos humedad en las rodillas. Os servirán."
Verbal murmura algo sobre no haber bendecido una de ellas desde el último peregrino con fiebre de los juncos y se marcha a buscar las llaves con paso firme y resignado.
Cuando la puerta se cierra tras él, Rynne se queda mirando al grupo y, en voz baja, dice:
"Verbal Morclade es un buen hombre. Más terco que una mula con túnica, sí, pero su fe es firme y su bondad auténtica. Si parece tenso es porque en el fondo se toma muy en serio cuidar de los muertos… y también de los vivos, aunque lo disimule rezando más de la cuenta."
El silencio que sigue se llena del eco suave de los vitrales crujiendo con la brisa.
Poco después, Verbal regresa con un manojo de llaves de hierro y una pequeña bolsita que sujeta como si llevara una reliquia sagrada.
"Dos llaves. Celdas tres y cuatro. Están vacías… de momento."
Y, tras una breve pausa, añade con aire teatral y resignado:
"Y aquí tenéis… todo el chocolate que me queda de la viuda Molferia. Que Ilmater me libre de las tentaciones futuras." —Mira hacia Pizz, que se ha quedado agazapado entre los bancos, medio oculto por una sombra inquisitiva.
"Dádselo al pequeñín, ¿eh? Seguro que lo disfruta."
Pizz, que no ha entendido si lo han confundido con un mediano, un niño o un espíritu menor del bosque, se encoge un poco más, pero deja ver el brillo del entusiasmo en sus ojos.
Rynne sonríe con indulgencia.