Todos
La runa se alinea.
Un suave clic resuena como si alguien cerrase un libro muy antiguo.
Y entonces, la puerta tiembla.
No se abre: cede, con un sonido grave, pétreo, como si mil años de silencio fueran arrastrados por dentro. La piedra gira sobre sí misma con solemnidad casi ritual.
Una ráfaga de aire gélido —no frío, sino muerto— se escapa de la abertura.
Del otro lado, solo oscuridad.
Y tumbas.
Decenas.
La Compañía del Unicornio cruza el umbral y se encuentra en una cámara abovedada, profunda, hundida bajo la tierra como una raíz sagrada.
Las paredes son de piedra blanca, envejecida por los siglos y el musgo, y cada nicho contiene una losa, una inscripción, una tumba. Como una pequeña basílica subterránea.
Poco a poco, comprenden:
Es el lugar de descanso de los priores.
Todos los que sirvieron a la Capilla de las Mil Voces.
Desde el primero hasta hace pocos años.
Todos… menos uno.
En el extremo izquierdo, una lápida especialmente antigua está abierta.
La piedra rota.
El nombre, desgastado.
Y en su interior, un fuego oscuro arde.
No da luz.
No da calor.
Solo mueve las sombras de forma errónea, impura, como si el tiempo se agitara dentro.
A un lado, la puerta posterior está abierta.
Y en un rincón, bajo un nicho caído, descansan una maza oxidada y un escudo antiguo.
El glifo aún visible entre el óxido: el símbolo de Helm, dios de la vigilancia.
Protección.
Silencio.
Sacrificio.
Todo eso está aquí.
Y todo eso, ya ha sido roto.
María cierra los ojos.
Susurra una palabra breve, olvidada, y deja que el mundo la atraviese. El aire entra en su pecho no como aliento, sino como lenguaje.
El olor.
Primero, lo cercano: piedra húmeda, siglos de encierro, rastro de cera derretida, incienso apagado hace generaciones.
Luego, podredumbre.
No la de la carne fresca, sino la más vieja, la que se hunde en la piedra y se mezcla con el polvo.
Y humedad, densa, casi orgánica, como si las paredes hubieran aprendido a sudar lo que fue enterrado.
No hay enemigos cerca.
No aún.
Nada se mueve.
Nada respira.
Pero más allá de la puerta abierta, algo cambia.
No un ser.
Una presencia.
Y lo que siente, en lo más profundo de su olfato afinado, es muerte.