Este fin de semana lo debatía con @Kuga. Que nadie me salte al cuello: no estoy negando que el dinero marque diferencias. Es evidente que no vive igual quien gana 150.000 euros al año que quien cobra el salario mínimo. Pero mi tesis va por otro lado: lo que cuestiono es si todavía tiene sentido agrupar a toda la sociedad en tres grandes bloques —clase baja, media y alta— como si eso bastara para entender la realidad social y económica actual. Mi impresión es que no, que esa forma de ver las cosas está completamente desfasada.
Hoy en día, la sociedad está tan fragmentada, tan llena de matices y situaciones distintas, que esa división clásica se queda corta. ¿De verdad tiene sentido hablar de “clase obrera” y “propietarios de los medios de producción” cuando en España hay unos 3,3 millones de autónomos y más de 17 millones de asalariados? ¿Dónde metemos a los autónomos? ¿Son obreros? ¿Son empresarios? ¿Depende de cuánto facturen?
Es más, el 70% de los autónomos gana menos de 27.000 euros al año, que es más o menos el sueldo medio en este país. ¿Eso los hace “clase baja”? ¿Media? ¿Y qué hacemos con el autónomo que factura 80.000 al año pero se pega jornadas de 12 horas todos los días, no tiene vacaciones y vive con la ansiedad de que si se pone malo, no cobra?
Luego está el tema del tipo de trabajo. No es lo mismo ganar 60.000 euros currando en una plataforma petrolífera, en turnos de 14 días sin ver a tu familia, que ganarlos en una oficina con jornada intensiva y teletrabajo. Y ya si lo comparamos con alguien que recibe ese dinero en forma de rentas por alquileres o inversiones, el contraste es brutal. No solo por el esfuerzo o las condiciones, sino también por el tiempo disponible que tiene cada uno para disfrutar de lo que gana. Porque no es solo lo que cobras, sino cómo lo cobras y cuánto te cuesta.
Y seguimos sumando variables: los gastos fijos. Una persona soltera, sin hipoteca, sin hijos, que cobra 60.000 euros vive en una realidad muy diferente de otra con el mismo sueldo pero con cuatro criaturas, alquiler por las nubes y una pareja sin ingresos. El número puede ser el mismo en la nómina, pero el impacto en la vida es completamente distinto.
Por no hablar de la zona geográfica. No hace falta ni salir del país: vivir con 2.000 euros al mes en Zamora no tiene nada que ver con intentar sobrevivir en Madrid o Barcelona con ese mismo dinero. El alquiler, la comida, el transporte, todo es más caro. Así que otra vez: el ingreso bruto no lo es todo.
Y podríamos seguir. ¿Qué hay de las deudas? ¿De la educación recibida? ¿Del capital cultural? ¿Del acceso a redes o contactos? ¿Del estado de salud? Todos estos factores también condicionan la vida de las personas y muchas veces no encajan con las etiquetas tradicionales de clase baja, media o alta.
Mi sensación es que seguir hablando de “clase media” o “clase trabajadora” como si fueran bloques homogéneos le viene bien a los políticos y a algunos medios de comunicación, porque les permite simplificar el discurso. Pero la realidad es muchísimo más compleja. Lo que hay son mil formas distintas de estar en el mundo, con realidades económicas, laborales y vitales muy distintas, incluso entre personas con sueldos parecidos.
Ojo, no estoy diciendo que el poder económico no exista. Por supuesto que hay élites con privilegios, patrimonio e influencia real sobre nuestras vidas. No soy ingenuo. Pero sí digo que esa idea de que podemos dividir a la población en tres cajitas (pobre, medio, rico) está completamente obsoleta. Se nos escapan demasiadas cosas por el camino. Quizá ha llegado el momento de repensar cómo entendemos la estructura social y buscar formas más honestas y precisas de describir lo que realmente está pasando.
No he puesto la etiqueta de política porque no me gustaría que esto acabase en otro hilo de lo malos que son los mugrosos zurdos y lo terribles que son los maquiavélicos fachas. A ver cuánto dura.