En 1993 la vida era más sencilla.
Meatloaf sonaba en la radio prometiendo que haría cualquier cosa por amor. Las noticias de videojuegos llegaban impresas en papel (¿alguien recuerda la Superjuegos?) y las máquinas de 16 bits seguían compitiendo por un lugar en nuestros salones. Ese mismo año brillaba bajo la cubierta de plástico negro de la Sega Megadrive un título inolvidable: Shinobi III: Return of the Ninja. Vivíamos de reflejos y pura imaginación; cada nivel se superaba a fuerza de repetición y el pixel art, que aún hoy se niega a desaparecer, nos dejaba siempre un buen sabor de boca. Aquellos coloridos años 90, bañados en grunge, camisas de cuadros y el chirrido de los módems, nos legaron muchas joyas como esta.
Hoy, décadas después, he terminado al 100% Shinobi: Art of Vengeance. Y aunque ya no tengo un televisor de tubo ni tardes interminables sin preocupaciones, la sensación ha sido casi la misma: reflejos tensos, precisión quirúrgica y ese cosquilleo de “una ronda más” que solo un buen arcade puede despertar.
Su aspecto visual es simplemente magnífico. Esta vez no apostaron por píxeles, sino por un estilo de ilustración vibrante, muy lejos de la animación barata estilo flash de hace algunos años. Destacan fondos hermosos que bien podrían ilustrar cualquier postal. Y la variedad de escenarios es deliciosa: desde ciudades salpicadas por neones al más puro estilo Blade Runner, hasta aldeas orientales iluminadas por fuegos artificiales.
El control es exquisito y las posibilidades de combate se han multiplicado. No se trata solo de eliminar enemigos y avanzar; los movimientos se despliegan como un abanico: patadas, ninpos, shurikens y ataques especiales que hacen cada enfrentamiento tremendamente satisfactorio. La dificultad, además, es bastante accesible. No suelo completar juegos, pero este me empujó a hacerlo. Eso sí, algunos de los retos llamados “fisuras” me tuvieron al borde de la histeria.
Shinobi: Art of Vengeance no es solo un revival. Es un puente entre el pixel art rebelde de los 90 y la ilustración actual, entre los reflejos adolescentes que nos mantenían pegados al mando y la paciencia adulta con la que ahora calculamos cada movimiento. Un recordatorio de que el espíritu arcade nunca se extingue: muta, se adapta y resurge. Una prueba de que algunos ninjas nunca mueren: se ocultan en las sombras del tiempo, esperan en silencio como el mítico Joe Musashi y regresan con la misma furia —y quizá más filo— que en sus mejores días.