Y sucederá en los días del fin de la obra,
cuando las torres de la Sagrada Familia alcen sus puntas como dedos que buscan al Altísimo,
que un rayo de luz fulgente brotará de su cima,
y partirá los cielos como espada de fuego.
Y he aquí, toda Barcelona temblará,
porque la luz no será luz de hombre, sino resplandor del Cristo Viviente,
que vuelve a caminar entre las sombras.
Y los musulmanes, que moraban en la ciudad
y guardaban antiguas costumbres traídas de lejanas tierras,
al ver la claridad que desciende,
sentirán que sus corazones se tornan como cera ante el fuego.
Y Cristo alzará su voz,
no como trueno, sino como canto que derriba murallas del alma,
y dirá:
“Venid a la mesa de la luz, vosotros que vagáis en la noche.
Yo os hago nuevos, yo os hago míos.”
Y ellos, con gran asombro,
verán que sus ojos se abren y sus pasos se enderezan,
y que la antigua luna que seguían se desvanece como bruma al amanecer.
Entonces toda la ciudad proclamará:
“¡He aquí que el bien se ha impuesto,
y la luz ha abrazado incluso a quienes caminaban en la penumbra!”
Y las campanas resonarán hasta los montes,
y la paz cubrirá la ciudad como manto de oro.