Todos
Desde la linde del claro, más allá de las raíces nudosas del árbol gigantesco que cobija la posada, alguien observa. Una mirada furtiva entre las sombras. Una sonrisa taimada. El brillo aceitoso de un pellejo de brea al abrirse. Una antorcha encendida con calma.
El líquido oscuro se derrama contra la madera, empapando vigas, puertas y aleros resecos por las bajas temperaturas. La llama se acerca después, casi con mimo. Un instante de silencio… y el mundo prende.
Cuando la medianoche se levanta, lo hace con un rugido.
Primero es un crujido, como si el árbol mismo se quejara en sueños. Luego el olor: humo espeso, caliente, imposible de ignorar. Y al fin los gritos.
"¡Fuego!"
"¡Fuego, fuego!"
La posada despierta en un caos de pasos descalzos, golpes, mesas volcadas. Gente tropezando entre sí, puertas abiertas de golpe, niños llorando, alguien rezando en voz alta. Las llamas trepan por las paredes como bestias hambrientas, devorando madera, cortinas y vigas con un estrépito seco.
En las habitaciones del último piso, la Compañía del Unicornio se incorpora casi al mismo tiempo. No hay palabras al principio, solo la certeza de que algo no va bien.
El resplandor anaranjado se cuela por las rendijas. El humo se arrastra bajo las puertas. Y, entonces, todos lo saben.
Esto no es un accidente.
Fin del Arco 3.