Salvor, con la confianza de un gato en un mundo de ratones, se dirige al lounge del hotel. Se sienta en la barra, pide un “old fashioned” como si fuera un personaje de una película en blanco y negro y, entonces, aparece ella. Una rubia despampanante, tan deslumbrante que podría hacer que un ciego viera destellos. Se acerca con la sutileza de un anuncio de perfume, riendo las gracias de Salvor como si fueran monólogos de un show nocturno.
La conversación fluye, las risas resuenan y la rubia propone ir a “tomarse la última” en la habitación de Salvor. Él, creyéndose el protagonista de su propia historia, acepta con una sonrisa de suficiencia.
Una vez en la habitación, después de “la última”, cuando el ambiente empieza a oler a satén y el cinturón de Salvor ya está fuera de su pantalón, ella muestra su verdadero truco: una tarifa por el postre.
Salvor, con la sorpresa pintada en su rostro, se da cuenta de que en ese truco de magia, él no era el mago, sino el conejo que sale de la chistera.
La rubia despampanante:
