Era habitual en mí hacer un descanso de 10 minutos todas las mañanas de varear aceituna para oficiar una homilía desde mi tractor. Homilías que en muchas ocasiones hacía prorrumpir en unos llantos magníficos a mis jornaleros, incluso entre aquellos que profesaban la fe mahometana, que automáticamente después de escuchar mi excelso verbo se convertían a la adoración a Cristo Rey.
Mi abnegado esfuerzo por transmitir las enseñanzas de Cristo Rey al final germinan en personas como tu noble abuelo, o como Tomás de Vivancos, un joven paralítico al que las bellas palabras bíblicas le hicieron levantarse de la silla y caminar, liberándose así de su estado vegetal después de escuchar el versículo 28 del Deuteronomio: “Si los hijos de Israel son obedientes, serán bendecidos temporal y espiritualmente — Si son desobedientes, serán maldecidos, heridos y destruidos; les sobrevendrán enfermedades, plagas y opresión; servirán a dioses falsos y serán motivo de burla entre todas las naciones; naciones temibles los esclavizarán; se comerán a sus propios hijos y serán esparcidos entre todas las naciones.” (de mis ojos brotan unas lágrimas colosales mientras escribo esto)
La mala suerte se cernió sobre él sólo dos días después del milagro. Hallábase durmiendo una siesta con la cabeza apoyada sobre la rueda de mi tractor, cuando sin percibirme de ello (por culpa de la obstrucción de la res cogitans que me causaban los néctares de uva que había ingerido) me subí al tractor, arranqué y aplané su cráneo.