No sé de dónde eres Rafil, querido amigo, pero un día voy a cargar el brazo muy, muy, muy fuerte, con mucha tensión, voy a empezar a cargarlo lo máximo posible, alejańdolo de mí, contrayendo todos los músculos del hombro, sintiendo cómo se estría el triceps y mis propios vasos sanguíneos constriyen mis muñecas a la par que delatan los pronunciados latidos de mi corazón, perceptibles incluso a través de la epidermis.
Entonces, en un movimiento que jamás podría golpear a nadie en un combate cuerpo a cuerpo, cara a cara, frente a frente, por lo telegrafiado del mismo, pero que tú sin duda no esperarás, dejaré escapar toda esa presión y, en un movimiento de naturaleza descendente semicircular, te aplicaré tal martillazo a puño cerrado en la base del cráneo que temblarás de las cejas al isquión y, durante el breve instante de pseudo-consciencia en el que te encontrarás, pensarás qué has hecho para merecer esto antes de que tu ropa se precipite contra el pavimiento, dejando ningún rastro de tu desintegrado cuerpo como ocurría cuando Cell absorbía a la gente.