Siempre lo ha estado, pues el único debate en condiciones que puede darse es aquél que goza de la espontaneidad del directo, pero si antes todavía se animaba a levantar cabeza, ahora ha quedado totalmente sepultado. Me explico.
Desde que existe la correspondencia en forma de misivas, el ser humano ha dispuesto de una ventaja que ha hecho más mal que bien: la capacidad de responder por encima de sus posibilidades. No existe persona en este mundo, ni una sola, que demuestre sus auténticos conocimientos por escrito. Todo, y repito, todo, sin importar el tema y el erudito, lo que está escrito, está manchado por la búsqueda preventiva de información más allá del conocimiento del propio autor, en muchas ocasiones para extenderse y en otras, según él, para cerciorarse de que lo que ya sabe es, en efecto, cierto.
Por eso la inmensa mayoría de las discusiones por Internet son falsas, porque nunca sabes si la persona con la que discutes está acudiendo a su librería personal del conocimiento o está tirando de fuentes y más fuentes literarias antes de responderte. No es casualidad que, precisamente en los foros, todo el mundo sepa de todo. Inicia un debate sobre matemáticas, física, lingüística, filosofía, economía... no importa, elige tema, y tendrás a decenas y decenas de personas con un nivel sorprendentemente elevado en cada una de las materias. Inicia ese mismo tema frente a decenas de personas en directo y quizá, con suerte, 2 ó 3 salgan a la palestra.
Muchas discusiones ganadas no están objetivamente ganadas. Algunas, sólo se ganan porque alguno de los contertulios sabe más del tema que el otro. Por consiguiente, aunque no tenga razón, la contraparte no sabe rebatirle como sí lo haría otro en su posición. Pero, ¿y qué hacemos ahora? La llegada de las IAs permite a todo el mundo saber lo mismo de cualquier tema que cualquier otra persona, y con una facilidad pasmosa. ¿Un código de programación? Te lo optimizo sin tener ni puta idea de lo que es un ordenador. ¿Temas de actualidad? Cotejo en un segundo las noticias más relevantes ordenadas por índice de visitas y pido un extracto preciso. ¿Misceláneos? Con sólo tener tu respuesta, puedo pegarla en DeepSeek y pedir que genere contrapuntos razonables e, incluso, que compruebe en un nanosegundo qué errores has podido cometer -por ejemplo, citar incorrectamente la postura ideológica de alguien, malinterpretándole o, al menos, dándome la opción de sugerir que lo estás malinterpretando, contrastándolo con 40 fuentes distintas de que dispongo al momento en una respuesta elaborada en cuestión de 10 segundos para la que no he tenido que pensar absolutamente nada-.
Nos encontramos ante un escenario en el que la espontaneidad del conocimiento ha sido devorada por la frialdad de la información instantánea, y cuando digo instantánea, es instantánea, más que nunca. Ni el esfuerzo de buscar en el navegador las fuentes, que podría llevar horas para la realización de una respuesta de peso. Las discusiones, en el pasado campo de batalla donde las ideas chocaban con la fuerza de quien las defendía desde su propia experiencia y entendimiento, se han convertido en un teatro de sombras donde nadie es quien dice ser, ni sabe lo que afirma saber. La inteligencia artificial, esa herramienta que prometía liberarnos de la ignorancia, ha terminado por encadenarnos a una falsa erudición, donde el mérito no reside en lo que uno ha aprendido, sino en lo rápido que puede copiar y pegar. Y, mientras tanto, el debate genuino, aquel que nace de la confrontación directa y sincera, se desvanece en el olvido, sepultado bajo toneladas de respuestas prefabricadas y argumentos prestados. Quizá, en el fondo, nunca supimos discutir; sólo supimos buscar la manera de tener la razón, aunque fuera a costa de perder la verdad.