Todos
La Compañía del Unicornio avanza por el sendero de tierra hasta la entrada principal de la Capilla de las Mil Voces, cuyos vitrales proyectan manchas doradas sobre el suelo al declinar la tarde. Milly, con la capucha echada, se desliza hacia uno de los rincones en sombra junto a Pizz, que juguetea con una piedra como si no hubiera cadáveres hambrientos en su pasado inmediato.
Rachel da un par de golpes secos y corteses a la puerta. No pasa mucho tiempo antes de que esta se abra con un ligero chirrido, revelando al enjuto y serio padre Verbal, que parpadea al verlos de nuevo.
"¿Han encontrado a Rynne Arvell...?" pregunta, antes de que nadie conteste—. "Claro que sí, sus rostros ya no parecen perdidos, solo... vagamente abrumados."
Pero antes de que pueda añadir otra ironía de las suyas, una voz suave pero firme se alza tras él:
"Y tú, Verbal, ¿cuántas veces he de decirte que no robes mis frases de bienvenida?"
El sacerdote se gira con una mezcla de fastidio y afecto apenas disimulado. Rynne avanza hacia el interior del templo, apoyada en su bastón, con una sonrisa como si llevara años esperando decir justo eso.
"Les he pedido que vinieran," dice, sin preámbulos—. "Para que se les pague. Han traído un paquete desde Daggerford, con todo el peligro que eso implica. Un paquete de suma importancia para el futuro de esta comunidad. Sé justo, Verbal."
El sacerdote junta las manos como si buscara refugio en la oración.
"Somos una comunidad humilde. De voto de pobreza, además... Las limosnas de los fieles apenas alcanzan para el incienso y el pan de cada día..."
"Te vi comiendo chocolate de Amn la semana pasada, escondido en la sacristía," responde Rynne, arqueando una ceja como si acabara de citar un salmo inconveniente.
Verbal se pone rojo hasta las orejas.
"¡Era un regalo de la viuda Molferia!" protesta, con la voz un poco más aguda de lo normal—. "Y fue... en un momento de debilidad. Solo porque mencionó que estaba de oferta en el mercado de Secomber..."
"Esa viuda viene demasiado," murmura Rynne, sin mirar a nadie en particular—. "Y el pueblo habla."
Verbal levanta el dedo como si diera un sermón.
"¡Paparruchas! Desde que perdió a su esposo en la fiebre de los pantanos, no ha hecho más que rezar, hornear bizcochos y hablar de oraciones. Yo solo… comparto el dictado de Ilmater con ella. Palabra por palabra. Sin añadidos."
Rynne se vuelve hacia el grupo, divertida, y dice:
"Nunca digáis que “de esta agua no beberé” ni que “este cura no es mi padre”, jovencitos."
"¡Rynne, por favor!" espeta Verbal—. "¡Estás en una capilla, no en una taberna!"
"Entonces paga a los muchachos y deja de hacerte el mártir," responde ella, dando un leve golpecito al suelo con el bastón.
Resignado, Verbal abre una bolsita de tela gruesa y cuenta diez monedas de oro, que ofrece a Rachel con la dignidad propia de un oficiante entregando una reliquia.
"Es todo lo que tengo," dice, con un suspiro exagerado—. "Que Ilmater os lo multiplique... y os quite la tentación de comprar más chocolate."
Rynne sonríe, satisfecha, y murmura para sí:
"Ojalá también te quitase la tentación de seguir mintiendo."
Y con eso, la capilla queda una vez más envuelta en esa calma cargada de secretos, como si las piedras hubieran oído todo… y lo estuvieran juzgando en silencio.