Todos
Con la piel limpia y los músculos algo más relajados, la Compañía del Unicornio abandona los Baños de los Peregrinos justo cuando el sol comienza a besar el horizonte. El cielo se tiñe de naranjas apagados y violetas suaves, y una brisa fresca acaricia la piel húmeda con olor a lavanda.
Siguen un sendero exterior que bordea el cementerio, y el silencio se vuelve casi reverente, como si el mundo entero contuviera el aliento. A ambos lados del camino, entre la hierba salpicada de margaritas, caléndulas y otras flores humildes, se alzan tumbas recientes: lápidas sencillas, algunas adornadas con cintas, otras con velas aún encendidas. La piedra aún clara, los nombres aún legibles.
Antes de avanzar más, Thorian se detiene, se acomoda la capa y, con una media sonrisa, se dirige al grupo:
"Voy a comprobar algo en el pueblo, un asunto que me ronda desde hace días. Nos veremos después del templo, en las celdas que nos han dejado. No tardéis."
Y sin dar más explicaciones, se da la vuelta y desaparece entre las sombras que se alargan con el sol poniente.
El resto prosigue el camino en silencio.
A medida que avanzan, las tumbas se vuelven más viejas. Las flores desaparecen, sustituidas por líquenes, raíces y piedra gastada. Las inscripciones se difuminan, los nombres se pierden. A lo lejos, algún cuervo observa desde lo alto de una estela rota. Y, al final, el cementerio termina con un pequeño muro de poco más de un metro, como si la civilización, al fin, se rindiera ante lo que viene después.
El sendero se interna en el bosque.
Es un bosque antiguo. La vegetación es densa, húmeda, y las raíces de los árboles se enroscan como serpientes bajo la tierra. A pesar de la noche que comienza a caer, hay una claridad que parece brotar del propio suelo, como si la luna hubiera dejado un reflejo permanente entre los árboles.
Tras caminar unos minutos más, el sendero se bifurca. El camino de la derecha asciende suavemente por un promontorio cubierto de musgo. Y en su cima, se abre un claro iluminado por una luz argéntea que no proviene del cielo, sino de una fuente interior.
Allí se alza el Templo de Selûne. Viejo. Pequeño. Pero hermoso. Como un secreto que ha resistido los siglos.

Dentro del templo, la atmósfera es suave como un susurro de viento entre hojas antiguas. La construcción es modesta, de piedra clara cubierta de líquenes plateados y hiedra que sube por los pilares como una oración olvidada. El aire huele a jazmín y cera de luna, y en el centro del santuario hay un pequeño estanque de aguas claras que refleja la bóveda del templo como si fuese un espejo al cielo.
Allí, arrodillada junto al estanque, se encuentra una mujer.
Lleva una túnica larga de lino pálido, casi translúcida, bordada con hilos de plata que capturan la tenue luz como si fuesen fragmentos de estrellas. Su cabello, blanco como la escarcha, cae en ondas suaves por su espalda. A su alrededor flotan fragmentos de pétalos secos, que giran lentamente sobre el agua, como si obedecieran una coreografía invisible. Entre sus manos sostiene una concha marina —blanca, delicada— con la que vierte gotas de agua sobre una piedra lunar mientras murmura palabras en un idioma antiguo y melodioso.
Está limpiando la piedra del juicio —el altar de la escucha, según llaman los textos antiguos—, el lugar donde Selûne, según se dice, atiende los susurros de las almas extraviadas.
Durante un instante, el grupo no se atreve a hablar. Todo parece demasiado delicado, demasiado sagrado. Pero entonces, sin volverse del todo, la mujer detiene el movimiento de sus manos, alza el rostro hacia ellos y sonríe con calma.

"Bienvenidos, viajeros," dice con voz templada, como si les hubiera estado esperando desde siempre—. "Esta noche es clara, y no hay sombra que no pueda entenderse bajo la luz de la Dama Luna. Decidme... ¿habéis venido por algo en particular?"