Capítulo XXI: De la Consagración del Santo Recinto y del Fin del Mal que Retorna
Sepan quantos leyeren estas letras que el Encierro del Mal Antiguo non ha de ser pronunciado ni puesto por obra si el Sanctuario ha sido mancillado por fuego profano, muerte sin sacramento o el derramamiento de la sangre de su Custodia.
En tal caso, dizen los antiguos, no hay sello que ate ni rito que baste.
Solo el hierro, la llama, o la conjura justa podrán tornar al durmiente a su no-ser.
Mas aun si tal bestia fuere vencida en cuerpo, y su carne tornada en polvo, si su raíz arcana no es deshecha, retornará.
Pues non yace como los hombres, sino se oculta en cosa ajena.
Un receptáculo oscuro, sellado en arcanas tinieblas, donde su ánima se acoge como sierpe en piedra caliente.
Non se conoce el paradero de tal vasija, y muchos han sido los que en vano la buscaron por celdas, criptas, espejos y joyeles malditos.
Mas escuchen: si esa urna —de forma variable e ignota— fuere rota, el Mal lo sabrá.
Aun sin ojos, verá.
Aun sin lengua, clamaría en lo hondo.
Y en tal momento, si aún le quedare fuerza en lo oculto, comenzará el Alzamiento de Nuevo.
Para ello buscará la sangre de un inocente no profanado, vertida en eclipse, mezclada con sal y ceniza del propio cuerpo perdido.
De ahí forjará otro receptáculo de salvaguarda, pues el que se esconde en las grietas de la muerte no sufre la extinción sin buscar su eco.
Así fue escrito por mano de Dannel de Farum, novicio del cuarto círculo, testigo de la caída del Silente.
Fin de capítulo.