Pizz
El problema de pescar como un héroe cuando se es un goblin es que, en general, el universo no está interesado en cooperar.
Pizz se agacha junto al río, se humedece las manos. Calcula el ángulo. Hace un gesto ceremonioso, como si estuviera a punto de sacar una carpa ancestral… y mete los brazos en el agua con más entusiasmo que precisión.
Sale con una bota.
No una bota mágica. Ni una bota rara. Solo una bota. Vieja. Pesada. Y todavía ocupada, por así decirlo, por un hueso de pierna que claramente no ha recibido la nota de "desalojo”.
Pizz bufa. Chasquea los dientes. Y, como haría cualquier goblin decente en su lugar, le pega una patada.
La bota vuela.
Eso, ya de por sí, le mejora el día. Pero lo que mejora aún más su tarde es que, al volar, la bota arrastra un hilo de pescar enredado en la hebilla, y este hilo, que parece tener más ambición que muchos bardos, empieza a tirar… y tirar…
Y de los matorrales emerge un esqueleto entero, o al menos lo bastante completo como para darle un buen susto. Gira, tambalea, se cae encima de sí mismo con un sonoro clank, y deja caer una bolsa roñosa al suelo.
Dentro hay cinco monedas de oro, cosa que a Pizz le parece no solo justa sino, en cierto modo, contractual.
También hay un papel.
Pizz lo despliega con dedos llenos de barro y curiosidad:
“Gilda Ternalegre,
Si estás leyendo esto, estoy muerto. Pero no necesariamente. Si no lo estoy, puedes hacer como que esta carta no ha pasado.
Me he ido a cazar al legendario Gruf’thalas, el Devoranubes, el osolechuza más grande de toda la historia de los bosques, bestia temible que ruge como un trueno y que, según los bardos, es más grande que tres osos lechuza normales apilados y con mal genio.
Dicen que la magia le rebota, que las flechas se le caen de la barriga y que un hechicero intentó convertirlo en rana y, en su lugar, fue él quien acabó convertido en comida de osolechuza.
Pero si consigo meterme en su cueva mientras duerme, y echarle el veneno en el ojo bueno... quizás volvamos a tener una granja. O una cabaña. O una silla.
Con amor (y sin testamento),
—Brenzo”
Pizz mira al esqueleto. Luego a la carta. Luego al bosque. Luego a la carta otra vez.
"“Sí, claro, Brenzo. Buen plan,” piensa Pizz, metiéndose las monedas en el zurrón como si fueran reparaciones por daños emocionales.
La carta, cuidadosamente doblada, vuelve al bolsillo del muerto, por si su esposa alguna vez decide venir a buscarla.