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Frente a la taberna, justo cuando la Compañía del Unicornio intenta escabullirse por la plaza con algo de dignidad y pocas ganas de protagonismo, una voz los delata:
"¡Son ellos! ¡Los que salvaron el pueblo!"
En segundos, una multitud de vecinos mal informados pero entusiastas se forma a su alrededor. Nadie tiene claro quién hizo qué, pero eso no importa.
"¡Valientes! ¡Los que lucharon contra los muertos! "
"¡Y volvieron con caballos! ¡Eso es señal divina!"
"¡Que vivan los de... la compañía esa!"
"¿Vienen de Daggerford?"
"Sí, eso dicen..."
"¡Vinieron en un barco pirata!"
Aplausos. Nabos al aire. Una manzana vuela con intenciones ambiguas.
Una mujer de moño imposible y mirada traviesa se le planta cerca de Pizz, lo observa de arriba abajo con descaro y le suelta:
"Siempre me han gustado los hombres pequeños... y si son verdes mejor."
Y así, envueltos en vítores, piropos cuestionables y gloria improvisada, la Compañía del Unicornio atraviesa la plaza.
Como héroes.
O algo parecido.