Faltando unos 20 minutos para aterrizar dice el piloto del avión que se inicia el descenso y que en Granada hay unos 35 grados. La cosa es que empiezan unas turbulencias a lo bestia (de hecho, mi hija pequeña se asustó... y bueno yo algo también me preocupé porque como se movía el avión, parecía que iba a romper algo). Al aterrizar el diluvio y todo cubierto por nubes y bajando las temperaturas. Joder, que las temperaturas están a 20 grados y lloviendo. La misma historia que en Roma en el último viaje o en Menorca el anterior. Ya me podrían ir contratando como chamán de la lluvia en los sitios en donde hay sequía. Ya llevo conmigo.
Pero a partir del día siguiente al mediodía subieron las temperaturas. Afortunadamente mientras visitamos la Alhambra no nos hizo mucho calor y no fue hasta después cuando empezó a apretar el sol, sobre todo el último día.
Al final como hacía calor por la tarde nos dedicamos a piscina y gandulear un poco, así que hubo muchas cosas que no fui a ver, pero lo básico, Alhambra, Reyes Católicos y al Gran Capitán, sí. La Catedral me decepcionó un poco por dentro, salvo ver que aún conservan lo de los inmolados por el marxismo y en el año de la Victoria. Albaicín está curioso, el camino a Sacromonte chulo, pero ahí sí que mi familia dimitió cuando llevaban un buen rato andando cuesta arriba.
Eso sí, me llamó la atención que en los sitios a los que fui a comer casi todos pertenecían a una cadena y que hay unos cuatro Los Manueles por el centro, relativamente cerca. En general la comida bien, incluso en el sitio al que fui cerca de la Alhambra y que me temía que fuese un despropósito, pero fue bastante aceptable.
La gente bastante amable, por cierto. Así que puedo decir que me ha gustado la ciudad