Todos
Tras la negativa de María no hay discusión ni reproche. Los hombres del risco aceptan la respuesta con la misma sobriedad con la que habían hecho la oferta. Uno a uno, sin mirarlos ya a los ojos, giran sus cabras montesas y se pierden entre las rocas, ascendiendo por sendas invisibles. En pocos minutos el desfiladero vuelve a pertenecer al viento y a la piedra.
El cielo, entretanto, termina de aclararse.
Ante la Compañía se abre el camino. No es un sendero en el sentido humano de la palabra, sino una cicatriz estrecha que serpentea por la pared del acantilado, subiendo y bajando en giros imposibles, apoyada sobre repisas que parecen demasiado frágiles para sostener una vida, y sin embargo lo hacen. A ambos lados, el vacío. Un vacío limpio, inmenso, que cae cientos de metros hasta un valle profundo.
A lo lejos, tras kilómetros de tránsito improbable —por rutas que ningún jinete cuerdo escogería sin verse obligado—, el gran río se revela por fin. Un cauce plateado, ancho como una promesa antigua, encajado en el fondo del valle. Desde esa altura no se oye su voz, pero se percibe su peso, su persistencia. Parece inmóvil, como si no fluyera, sino que aguardara.
Las montañas que los rodean recuerdan a esas tierras del lejano oriente de los mapas antiguos: pilares de piedra que se elevan como colmillos, paredes verticales cubiertas de bruma, salientes que desafían a la lógica. El mundo aquí no fue hecho para caballos ni para hombres cansados. Y, sin embargo, deben cruzarlo.
La Compañía avanza despacio.
Los cuerpos pesan. Las piernas arden. Los hombros están rígidos por noches sin descanso y por combates que aún laten en la sangre. Los caballos bajan la cabeza, resoplando, atentos a cada paso. Nadie habla demasiado. Cada cual guarda fuerzas, porque el camino no permite errores ni distracciones. Milly nota como la piel empieza a sentirse reseca, como cuero viejo.
El río está ahí, visible, cercano en apariencia… y sin embargo tan lejos como nunca.