El reflotero urbanita, se enfrenta constantemente a los diferentes peligros y obstáculos de la ciudad, ya sean obesas, "bros" circunspectos, corrillos de viejas, charos enloquecidas...
Con tesón, supera las terribles pruebas para seguir adelante un día más. Sin embargo, el reflotero común, no es consciente del peor de los infiernos que la ciudad le puede ofrecer. Éste, aparece de la forma más inofensiva, un simple trámite en apariencia.
Cuando llevado por la necesidad, decide salir del hogar, comienza el infierno. Ahí, bajo el umbral, elucubrando la mejor ruta para llegar al Mercadona más cercano, al Game más luminoso para adquirir el último "Pokémon verdiamarillorositalilabrillibrilli" para la Switch 2 o quizá, acercarse a la obra para recordarles a los albañiles: "¡No habéis mezclado bien el cemento en vuestra puta vida!"; se inicia la odisea.

Si decide viajar en su transporte privado, debe rezar para que ningún matemático eligiese aparcar a 0,00000003 milímetros de la puerta, ni ningún Ken Block le afeite el morro al coche, cuando se incorpora a la vía. Más tarde, se añadirán a la travesía los infaustos motoristas, hijos bastardos de los apestados ciclistas, metiéndose por cualquier espacio visible, creyendo -los muy infelices- que podrán escapar de las interminables colas. Los más listos de la clase, tocan el claxon seguido y con fuerza, pensando que el resto de vehículos se volatilizarán al instante al escuchar sus absurdos berridos.
Pero aún, queda la peor tortura de todas: la indescifrable rotonda. Ninguno conoce sus secretos, todos caen de manera inmisericorde en su laberinto, sólo se sale de ella a través de la intervención divina. Sudores fríos y carcajadas demoníacas, la rodean.

Si opta por el transporte público, hordas de desconocidos lo estrujarán, aplastarán y transformarán en una pulpa llena de odio y resentimiento hacia el ser humano. Calor tórrido y olores incalificables se pegarán a su cuerpo, al tiempo que escucha la tortura del reguetón y un podcast de asesinatos de un jubilado con camiseta y gorra. Además y contra toda lógica, de vez en cuando se sube un infame ciclista, apretujando aún más el lugar, simulando "Akira" dentro de un vagón.

Ir a pie le hace pensar que se ahorrará las molestias de aparcar y la incomodidad de compartir el espacio vital. Insignificantes ventajas, en realidad. Ahora es el objetivo de viles motoristas al cruzar la carretera y obstáculo despreciable por parte de necios ciclistas. Grupos de "bros" avanzan sin mirar, tragándose a los despistados; corrillos de charos paralizan a los transeúntes, mientras comentan las desventuras del resto de vecinas. Se tiene que apartar para que los runners sofocados que llegan por detrás, no lo atropellen.
Además, si hace calor, se achicharra y si llueve, se empapa.
Porque sí, mis queridos refloteros, la urbe nos espera con hermosos infiernos y está encantada de hacernos sufrir.
