Para quienes vivimos en Valencia, el fin de las fiestas navideñas suele traer un mensaje claro: se acercan las Fallas. No es ningún secreto que se trata de una fiesta profundamente arraigada y muy defendida, pero también de un evento del que a menudo se habla solo desde una perspectiva cultural o emocional. En los últimos días he estado recopilando información sobre otros aspectos de las Fallas que creo que se tratan poco o directamente se evitan para no generar conflicto.
Con toda la información recopilada, se me ha ocurrido hacer un artículo y compartirlo por aquí. Os dejo, pues, mi visión sobre las peculiares y conocidas fiestas de mi tierra.
Fallas y humo: la gran contradicción ecológica de Valencia
Cada mes de marzo, Valencia se llena de fuego. No es una metáfora: arden cientos de monumentos, estallan toneladas de pólvora y durante días el aire se vuelve denso, acre. Al mismo tiempo, esta misma ciudad despliega un discurso cada vez más firme sobre sostenibilidad, salud pública y transición ecológica. Se restringe el tráfico, se implantan Zonas de Bajas Emisiones (ZBE), se apela a la responsabilidad individual del ciudadano. Y, sin embargo, cuando llegan las Fallas, todo eso se suspende de facto. La ciudad que el resto del año pide sacrificios climáticos decide, durante una semana, mirar hacia otro lado.
Este texto no busca negar el valor cultural de las Fallas ni proponer su desaparición. Pero sí pretende algo más incómodo: mirarlas con el mismo rigor crítico que se aplica a cualquier otra actividad urbana contaminante. Y desde ese punto de vista, el contraste entre el discurso ecológico y la práctica fallera resulta difícil de justificar.
Una fiesta que se ha hecho demasiado grande para sus excusas
Las Fallas nacieron como una celebración vecinal, modesta y esencialmente artesanal. Durante décadas fueron una fiesta ruidosa, sí, pero limitada en escala y en impacto. El problema no es la tradición; el problema es la transformación progresiva de esa tradición en un macroevento urbano intensivo, sin que se haya revisado críticamente su encaje en una ciudad que dice aspirar a ser más habitable y más saludable.
Hoy, las Fallas cuestan mucho dinero antes incluso de empezar. Las comisiones falleras movilizan alrededor de 50 millones de euros cada año, fundamentalmente a través de cuotas privadas. A eso se suman 20–26 millones de gasto público directo en seguridad, limpieza, transporte, pirotecnia e infraestructuras. En conjunto, la ciudad compromete del orden de 70 millones de euros antes de que llegue el primer visitante.
Las Fallas existen gracias a un esfuerzo económico considerable de una parte concreta de la ciudadanía —los falleros— y del presupuesto municipal.
Mucho dinero… para otros
Después llega el argumento estrella: el impacto económico. Y es cierto que durante las Fallas entra mucho dinero en Valencia. Hoteles llenos, restaurantes a pleno rendimiento, ocio nocturno desbordado. Las estimaciones sitúan los ingresos privados inducidos entre 160 y 240 millones de euros.
Pero el detalle importa. Ese dinero no vuelve a quienes lo ponen. Se concentra en sectores muy específicos —hostelería, alojamiento turístico, ocio— y en zonas muy delimitadas de la ciudad. Las comisiones falleras no recuperan su inversión. El Ayuntamiento tampoco. Lo que existe es una transferencia estructural desde actores culturales y sector público hacia sectores económicos privados que poco tienen que ver con la organización de la fiesta.
Desde el punto de vista fiscal ocurre algo parecido. El Estado recauda una parte sustancial vía IVA e impuestos, mientras que el Ayuntamiento, que asume los costes más visibles y la conflictividad urbana, apenas recupera una fracción. El resultado es un modelo económicamente rentable en agregado, pero mal alineado y socialmente desequilibrado.
El aire como daño colateral… o como víctima principal
Hasta aquí, el dinero. Pero el verdadero punto ciego del debate fallero es el aire.
Las Fallas generan alrededor de 12.000 toneladas de CO₂. Puesto en contexto, esa cifra equivale aproximadamente a las emisiones anuales de entre 7.000 y 8.000 coches circulando todo un año por la ciudad. Aún así, si miramos solo el CO₂, las Fallas son secundarias frente al tráfico anual. Pero si miramos lo que respiramos, el dato asusta: según estimaciones conservadoras, en apenas una semana las Fallas emiten entre el 15% y el 25% de todas las partículas finas (PM₂.₅) que genera el tráfico de Valencia en todo un año. No es solo madera lo que arde; según los datos técnicos disponibles, en torno al 60% del volumen de los monumentos corresponde a poliestireno expandido (plástico).
Lo que inhalamos esos días no es tradición: es un cóctel químico concentrado. Durante las Fallas se liberan decenas de toneladas de partículas finas en apenas unos días, a ras de calle, en una ciudad densa y con miles de personas expuestas directamente.
Podemos cuantificar ese impacto y traducirlo a términos comprensibles. En epidemiología ambiental se utiliza desde hace años una equivalencia orientativa muy extendida: respirar aire con una concentración media de unos 22 µg/m³ de PM₂.₅ durante un día se asocia a un daño en salud comparable al de fumar un cigarrillo diario.
Durante los días más intensos de Fallas —especialmente en la Cremà y en jornadas de pirotecnia continuada— las concentraciones horarias y diarias de PM₂.₅ en Valencia alcanzan con facilidad valores de 100 a 150 µg/m³, y en puntos concretos incluso más. Traducido a esa misma escala sanitaria, respirar el aire de la ciudad en esos días equivale aproximadamente a fumar entre 4 y 7 cigarrillos al día, concentrados en un periodo muy corto. Y, como ocurre con el tabaco, el impacto no se reparte de forma homogénea: niños, ancianos, asmáticos y personas con patologías previas sufren un riesgo desproporcionadamente mayor.
La comparación con otras ciudades también ayuda a poner el dato en contexto. En los picos de contaminación fallera, la calidad del aire en Valencia se sitúa en rangos similares a los de episodios severos de smog en ciudades como Pekín o Nueva Delhi.
Desde el punto de vista sanitario, esta concentración temporal no es un detalle menor. Las Fallas no solo generan el episodio de contaminación más agudo del año en la ciudad, sino que sitúan a Valencia, durante esos días, como uno de los puntos con el aire más tóxico de toda la Europa urbana, muy por encima de lo que producen el tráfico o la calefacción en un día normal. Y, sin embargo, este impacto se sigue tratando como una molestia inevitable, casi pintoresca, mientras se adoptan medidas estructurales para reducir fuentes de contaminación mucho menos intensas y más repartidas en el tiempo.
ZBE: cuando la coherencia se queda en la frontera
Aquí es donde la contradicción ya se vuelve difícil de justificar. La Zona de Bajas Emisiones se presenta como una política necesaria para proteger la salud pública. Se restringe el acceso de vehículos, se penaliza a determinados ciudadanos y se apela al bien común. Todo ello con un argumento central: reducir la contaminación urbana.
Pero cuando llega marzo, la ciudad acepta sin pestañear un aumento brutal de contaminantes, muy superior al que la ZBE evita a lo largo de meses. No hay restricciones equivalentes, no hay debates serios sobre límites, no hay planes de reducción ambiciosos. La contaminación de las Fallas se asume como un precio inevitable de la tradición.
El mensaje implícito es claro y profundamente problemático: la contaminación es inaceptable cuando la genera el comportamiento individual cotidiano, pero tolerable —e incluso celebrable— cuando se produce en nombre de la fiesta. Desde el punto de vista de la política ambiental, esto no es solo incoherente; es una forma de hipocresía institucional.
Tradición, sí; inmunidad, no
Nada de lo anterior implica que las Fallas deban desaparecer. Pero sí implica que no pueden seguir siendo intocables. El análisis económico muestra que no son un milagro redistributivo. El análisis ambiental muestra que no son inocuas. Y el contraste con las políticas ecológicas urbanas deja en evidencia una doble vara de medir cada vez más difícil de sostener.
La pregunta relevante ya no es si las Fallas son buenas o malas, sino por qué se acepta sin un debate honesto un modelo que contradice abiertamente los principios que la ciudad dice defender el resto del año. Si la salud importa, debe importar siempre. Si la sostenibilidad es un objetivo real, no puede suspenderse por decreto cultural.
Las Fallas seguirán siendo fuego y ruido; esa es su esencia. Pero cuanto más grande se hace la fiesta, menos convincentes resultan las excusas para no revisar su impacto. Y cuanto más se endurecen las políticas ambientales para la vida cotidiana, más evidente se vuelve la necesidad de mirar también al humo que arde, cada marzo, no como un accidente cultural, sino como una decisión política tomada en nombre de la tradición.