Antaño un hombre que ponía los cuernos a su pareja era un macho, un mujeriego y había que perdonarle. Una mujer que hacía lo mismo era poco menos que una trabajadora de burdel de carretera y era condenada a la marginalidad social. Una de las cosas buenas es que eso ya no es así, pero lo no tan bueno es que las tornas han cambiado. Si un tío pone los cuernos a su novia es un cerdo, un machista, un egoísta que sólo piensa con la entrepierna y tiene que arrepentirse por todo lo que hace. Si ahora una tía pone los cuernos, se tiñe el hecho de romanticismo: es que había una conexión real, es que algo me faltaba en la pareja. No fui yo, simplemente mi pareja no me hacía canelones los jueves por la tarde y éste fotógrafo hacía una bechamel de puta madre. Da igual la excusa, todo gira a la misma conclusión: si ellos ponen los cuernos tienen que arrepentirse porque son unos cerdos, si ellas ponen los cuernos no se arrepienten de nada porque la culpa es siempre de los demás y ellas sólo se han dejado llevar. No hay más que ver 2-3 capítulos de La Isla de las Tentaciones para comprobarlo en las hogueras: ellos diciendo que no se han podido controlar porque la otra estaba muy buena y ellas echando la culpa de poner los cuernos... a sus novios! Ni lo de hace 40 años ni lo de ahora. Es cierto que con los cuernos hay que entender el contexto y no todos los casos son iguales. Pero esta tía hablando de que se iba a casar con su pareja y se pinchó al fotógrafo como si fuese una historia maravillosa, no me jodas.