Todos
La bruma se cierne espesa sobre el vado, densa como un sudario húmedo. A los ojos de Pizz no llega nada más allá de lo inmediato: el ancho paso de piedra que se adentra en la ribera y se pierde, pocos metros después, en un blanco sin contornos. El mundo parece terminar ahí. Y, aun así, algo no encaja. Una incomodidad le recorre el estómago, una sensación que no sabe explicar.
A cierta distancia, King y Esclavo observan el agua en silencio. Ambos mantienen las orejas erguidas y el rabo tenso, inmóviles. El río no hace ruido; fluye con una quietud antinatural, demasiado perfecto, demasiado atento.
Bori rompe el silencio con un murmullo cargado de recelo. Conoce las historias, las ha oído demasiadas veces como para ignorarlas. Habla de desapariciones, de luces en la niebla, de viajeros que nunca llegaron al otro lado. Y concluye, sin dramatismo pero con firmeza, que quizá no sea buena idea pasar la noche en un lugar como ese.