El efecto Rosalía pincha en los bares junto al Movistar Arena: "No vendemos ni una copa"
EFE
6-7 minutos
La calle está llena, pero las cajas de los bares no acompañan. A las puertas del Movistar Arena, el flujo de gente es constante desde media tarde, con picos que recuerdan más a una verbena o a una procesión religiosa de Semana Santa que a la antesala de un concierto. Tras las barras de las tabernas, sin embargo, el pulso es otro: menos cañas, menos ajetreo para los camareros, menos copas vendidas. En definitiva, menos ingresos.
Tras una mampara transparente, Mauricio trabaja sin levantar la vista. Sobre una tabla roja, ligeramente rugosa, corta torreznos con un ritmo mecánico: recoge, corta y emplata en segundos. La panceta, frita y crujiente, apenas roza el plato antes de salir hacia la barra. Quienes la piden no son los jóvenes que esperan el concierto, sino parroquianos habituales que mantienen la rutina. La escena se repite en Los Torreznos durante el penúltimo concierto de Rosalía en el antiguo Palacio de los Deportes. Solo la alteran los saludos a los clientes fijos y la entrada fugaz de grupos de jóvenes que cruzan el local con prisa: pasan al baño, miran alrededor y se marchan sin consumir.
«Con conciertos de 3.000 personas facturamos más que con estos de 18.000», resume Alberto, dueño del local. «Aquí el problema es el público. Con los conciertos de Sabina o los de heavy son los que mejor nos van. Estos no». Mauricio añade desde la tabla: «Si te fijas, entran grupos de cuatro o cinco, pero no consumen. Van al baño y se van».

Mauricio prepara raciones en el bar Los Torreznos.D.J.O
La misma pauta se repite unos metros más allá, en El Corner, frente al recinto. «Vendemos mucho menos en un concierto de Rosalía que en uno de Sabina», coinciden los camareros. «Los chicos jóvenes beben poquísimo. Se nota muchísimo la diferencia». En la barra, donde otras noches se acumulan cañas y copas, hoy los camareros están ociosos y hasta tienen tiempo para charlar entre ellos.
Fuera, en cambio, la imagen es distinta. Predomina el blanco: camisetas, vestidos vaporosos, pantalones claros. Más que una coincidencia, parece un código compartido. Algunas chicas llevan velos ligeros; otras, maquillaje cuidado, uñas largas, estilismos concebidos para ser fotografiados. El chascarrillo de camareros, personal de seguridad y trabajadores de la zona es que los prolegómenos del concierto «parecen una procesión de Semana Santa». Y no falta quien añade, con sorna, «que solo falta el paso».
Ese contraste -calle llena, barras vacías- resume lo que críticos culturales han bautizado como el efecto Rosalía: un fenómeno que trasciende la música y remite al perfil de su público, joven, mayoritariamente femenino y más volcado en la experiencia estética que en el consumo tradicional asociado al concierto.
El término se usa de forma informal para describir el impacto cultural, estético y comercial de la artista, capaz de marcar tendencias en moda, lenguaje y comportamiento. En esta zona de Madrid, sin embargo, se traduce en algo tangible: menos cerveza y menos copas. «Te llenan la calle, pero no el bar», sintetiza un camarero.
Los datos apuntalan esa percepción. En España, el consumo de alcohol entre los jóvenes lleva años a la baja, según las encuestas EDADES y ESTUDES del Ministerio de Sanidad. Se bebe con menor frecuencia y el alcohol ha perdido centralidad en el ocio cotidiano. A escala global, diversos estudios indican que la generación Z consume en torno a un 20% menos que los milenials y registra mayores tasas de abstinencia.
El cambio no implica desaparición, sino transformación. Más del 30% de los jóvenes de entre 15 y 24 años reconoce episodios de consumo intensivo en pocas horas, vinculados al botellón o a contextos concretos. Pero en escenarios como este -conciertos masivos, entrada numerada y horarios cerrados- ese patrón se diluye.
«Aquí no vienen a beber, vienen a hacerse fotos, a vivirlo», señala otro hostelero. «En los conciertos de Sabina tienes a gente de 40 o 50 años, que se toma su vino, su cerveza, cena algo. Aquí no. Aquí es otra historia». A ese cambio se suma un factor económico. Según el Instituto Nacional de Estadística, los jóvenes de entre 25 y 29 años ganan en torno a un 25% menos que el salario medio, y los menores de 25, aún menos. En términos reales, sus ingresos han caído cerca de un 10% desde 2008. «No es solo que no quieran beber», resume un encargado. «Es que tampoco pueden gastar como antes».
Ni siquiera la venta ambulante, habitual beneficiaria de estas concentraciones, nota el tirón. Una vendedora recoge el género mientras espera a su jefe y lo resume sin rodeos: «Está muy tranquilo. Vendemos muy, muy poco». Lo confirma el escaso número de cajas vacías: la mayoría de botellas, refrescos y bolsas de aperitivos siguen intactas.

Terrazas vacías en la plaza de Salvador Dalí durante la tarde del miércoles.D.J.O
La paradoja se aprecia en otro plano. Mientras el efecto Rosalía apenas se percibe en la hostelería cercana, sí ha impactado en un producto concreto: el vino. Una canción de su último disco se titula Sauvignon Blanc, y varias bodegas reconocían en La Vanguardia un aumento de ventas vinculado a esa referencia. Sin embargo, ese impulso simbólico no se traduce en consumo en la calle de Goya ni en los bares próximos. «Aquí no ha venido nadie pidiendo ese vino», zanja una camarera desde el bar El Acorde.
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Dentro del recinto, el espectáculo -parte de su gira LUX Tour 2026- se despliega como una liturgia contemporánea, con ecos religiosos, orquesta en directo y una puesta en escena que fusiona flamenco, electrónica y teatro. Fuera, la liturgia es otra: grupos que se reconocen por la ropa, los gestos y la espera compartida entre botellas de refrescos y comida traída de casa para la espera.
Mientras tanto, en ese espacio intermedio entre la calle y el concierto, los bares toman el pulso del efecto Rosalía. «Nos va mucho mejor con un concierto de Sabina o de heavy metal», sentencia el propietario de Los Torreznos.
Fuente:
https://www.elmundo.es/madrid/2026/04/04/69ceb2f8fc6c83f33a8b459a.html