El chico del caballo de madera aguanta unos segundos más en su esquina, con la mandíbula apretada.
Luego se levanta de golpe. El otro niño le agarra del brazo.
"No."
Pero el del caballo tira con fuerza, se suelta y cruza la plaza casi corriendo. No mira a los lados. No llama a nadie. Solo va hacia Hano con el juguete en la mano, como si aquello fuera una excusa suficiente para acercarse.
Cuando llega, se lo entrega.
"Toma."
El niño no suelta el juguete del todo hasta que Hano lo coge. Entonces habla en voz baja, rápida, sin levantar la cabeza.
"Viene la guardia de la ciudad."
El otro crío, desde la esquina, palidece.
"Cállate, idiota."
Pero el del caballo ya ha empezado y no se detiene.
"No vienen como cuando buscan borrachos. Vienen soldados. Arqueros. Y magos."
Traga saliva.
La plaza parece aún más grande ahora. Las jarras siguen abandonadas. El barril también. La diana continúa clavada en la pared, inútil, como si la partida hubiera terminado antes de empezar.
"Uno de los hombres de Barba Rala salió deprisa. El ancho. Ordenó que nadie de los nuestros estuviera en la calle cuando llegaran. Sebastián se fue a la fábrica con los suyos."
Mira un instante hacia una bocacalle vacía.
"No sé qué ha pasado con vuestros amigos. No los han visto volver. Pero algo ha salido mal."
Al fin levanta los ojos hacia Hano. Intenta parecer duro, pero la cara sigue siendo la de un crío.
"Barba Rala tiene trato con gente importante. Muy importante. Si ha decidido entregaros, no es por miedo."
Hace una pausa.
"Es porque alguien paga más que vosotros."
Desde la esquina, el otro niño mira al suelo, furioso y asustado a la vez.
El del caballo da un paso atrás.
"No digáis que os lo he dicho yo. Yo no sé nada. No he oído nada."
Y echa a correr de vuelta, dejando a Hano con el caballo de madera en la mano y la plaza vacía abriéndose alrededor como una trampa. Los dos niños escapan corriendo.