Todos
Anya se incorpora con la calma de una bestia que no necesita apresurarse para imponer respeto. El paño que cubre su rostro apenas se mueve con el aire de la mañana. Sus ojos, oscuros e inmóviles, se clavan primero en Manrique y luego en Elian, como si les midiera.
Cuando habla, su voz suena grave, áspera, nacida de las estepas donde el viento desuella a los débiles.
"Heliogábalo llama bárbaros a mis hijos y ladrones a mis muertos. Osric I vende cadenas con una mano y sonrisas con la otra. Ambos son enemigos de mi pueblo."
Hace una pausa. Mira el horizonte, no a ellos.
"No sé qué serpiente se esconde tras el intento de asesinato de los míos. Tal vez sea la mano del barón. Tal vez la de esa ciudad vieja donde aún se conspira entre ruinas y monedas. Tal vez ambas. Los hombres que dicen ser civilizados aman las alianzas oscuras."
Vuelve la mirada hacia Manrique. Hay desafío en ella, pero no desprecio.
"Si lucho a vuestro lado, no será arrodillada ni domesticada. Será como igual entre iguales. Los Kharuun no obedecen órdenes. Caminan junto a quien demuestra fuerza, palabra y honor."
Su mano vacía se cierra despacio.
"Y antes de toda guerra, recupero mi espada. Sin ella soy Anya. Con ella soy la voz de las tribus. Solo si la alzo vendrán los jinetes. Solo entonces me seguirán como líder."
Da un paso al frente.
"Ayudadme a recuperar mi acero... y quizá os traiga un pueblo."