Morvan y Sierra
Busca el hierro con los dedos entumecidos, fuerza las muñecas, tantea el suelo húmedo con los hombros y las rodillas, pero lo único que consigue es hacer ruido. Demasiado ruido. El golpe seco de un cepo contra la piedra, el arrastre de una cadena, una respiración contenida al otro lado.
Luego pasos.
Una puerta se abre con un chirrido metálico y varias botas bajan por la escalera. No les dan tiempo a decir nada. Entran en las celdas, los reducen contra el suelo y les atan mordazas de tela áspera alrededor de la boca. Después los levantan a tirones, todavía con la cabeza cubierta, todavía con las manos inmovilizadas.
Sierra nota una mano firme en el brazo. Morvan, el filo de una daga demasiado cerca de las costillas.
Los sacan de la mazmorra y los conducen de nuevo hacia arriba.