El carro se detiene.
Fuera ya no se oye el eco cerrado de los callejones. Hay pájaros, hojas movidas por el viento y olor a árboles húmedos. Morvan y Sierra no logran discernir mucho bajo las bolsas, pero sí distinguen, a lo lejos, el sonido de un paso pesado de soldados sobre piedra.
"¿Por qué hemos parado aquí?", pregunta uno de los hombres dentro del carro.
"El jefe quiere que se encargue Sebastián", responde otro.
"¿Sebastián? Pensaba que se llevaban a matar."
"Y probablemente solo se soporten. Pero el negocio es el negocio, y él es el único al que los señoritos de la zona alta aceptan tratar sin taparse la nariz."
Pasan un par de minutos.
Luego se acerca alguien. Sus pasos son tranquilos, casi ligeros. Cuando habla, lo hace con una voz amable, demasiado agradable para el lugar y la situación.
"¿Así que estos dos son los afortunados?"
"Sí, señor Sebastián. Hay que llevarlos a la mansión Van de Gesloten Vuist."
"Bien."
El hombre da un par de órdenes sin levantar la voz.
"Vosotros dos, id a controlar lo que ocurre en la plaza. De lejos. No entréis en contacto ni con los fugitivos ni con la guardia."
Hace una pausa mínima.
"Lucas, coge a un par de hombres y seguidnos a unos metros. Por si estos dos intentan algo."
Uno de los hombres de Barba Rala protesta desde el carro.
"Tenemos cuatro soldados aquí dentro, más el conductor, más usted mismo. Podemos valernos solos."
Sebastián parece sonreír. Se nota en la voz.
"No lo dudo. Pero si Barba Rala quiere que me encargue yo, las cosas se harán como diga yo."
Su tono sigue siendo amable.
"O puedes volver y decirle que los lleve él mismo."
El guardia se calla.
Sebastián deja pasar un segundo.
"Eso pensaba. Ahora, andando."
Morvan y Sierra oyen cómo bajan una lona gruesa sobre la parte trasera del carro. La tela cae, unas correas se ajustan, y el mundo queda reducido a oscuridad.
Después, el carro vuelve a ponerse en marcha.