Desde las callejuelas llega el ruido de botas entrando en la plaza. Primero unas pocas. Luego muchas más.
Manrique no espera a verlos aparecer.
"¡Ahora!"
Antonio y Minion se lanzan contra la puerta de madera de la casa más cercana. En el piso superior, tras un ventanal torcido, una familia entera empieza a gritar despavorida al ver a varios desconocidos armados intentando reventarles la entrada.
"¡Fuera de aquí!", chilla un hombre desde dentro. "¡A mí la guardia!"
"¡Pero si la guardia está fuera, imbécil! ", grita una mujer.
"¡Pues que entre y nos ayude!"
"¡Verdasco, coge la espada!"
"¡Yo también quiero ayudar, papá!"
"Toma esta lanza", dice la mujer.
"Mamá, esto es un palo con punta."
"¡Pues cógelo por la parte que no pincha y apunta la parte que pincha a los bandidos!"
"¿Y si se enfadan?"
"¡Pues para eso es la punta, hijo de tu padre!"
Fuerza: 4, 6 + 1 por la ayuda de Minion. Éxito.
Antonio embiste la puerta con el hombro. La madera cruje, pero aguanta el primer golpe. Minion se suma al segundo, bruto como un ariete.
El marco revienta. La puerta se abre hacia dentro con un estruendo de astillas.
En ese mismo instante, las fuerzas de Heliogábalo irrumpen en la Plaza del Palomar. Por una de las bocacalles asoman escudos y lanzas. Por otra, casi al mismo tiempo, se oye el avance de más botas sobre el empedrado.
Desde aquel rincón no pueden ver cuántos son, ni cómo se distribuyen, pero no hace falta. El sonido basta. Metal, cuero, órdenes y pasos pesados acercándose desde dos direcciones distintas.
Entre las figuras que alcanzan a distinguir hay soldados de Heliogábalo, arqueros buscando línea de tiro y, más atrás, alguna silueta con túnica oscura moviéndose con calma.
La plaza, casi vacía hacía un momento, se convierte de golpe en una ratonera.