El druida duda un instante al pie de la ventana. Parece que no va a conseguirlo, que el cuerpo no le responde y que el ruido de los soldados en la calle le ha helado la sangre.
Pero entonces, de algún sitio, saca fuerzas.
Se impulsa contra el marco, araña la pared con los dedos y logra encaramarse al borde del tejado con más voluntad que técnica. Al caer sobre las tejas, una de ellas se mueve bajo su mano y deja al descubierto un pequeño nido de urraca oculto entre dos salientes.
Dentro, entre ramitas, hilos robados y trozos de cristal, brilla una moneda de oro.
Por su parte, desde la calle, el cerco se estrecha. Se oyen botas deteniéndose frente a la casa, voces contenidas y el roce del metal.
"Esta puerta ha sido reventada", dice uno de los soldados.
"¿Hay alguien dentro?", pregunta otro, golpeando el marco con el pomo de la espada.
La respuesta llega al instante desde las escaleras, desesperada.
"¡Sí! ¡Sí! ¡Están arriba! ¡En el tejado!"
"¡Nos han roto la puerta!", grita otra voz.
"¡Y nos han amenazado con quemar la casa!"
Hay un segundo de silencio. Luego una orden seca desde la calle.
"¡Vosotros prended fuego a esta casa! ¡Vosotros, conmigo a la casa colindante! ¡Deprisa! Y tú, avisa a los magos", ordena.
Dentro, Minion vuelve a intentarlo.
Se agarra al marco, apoya una bota, intenta alzarse… pero la armadura pesa demasiado y el hueco es estrecho. La madera cruje, sus dedos resbalan y, por más que gruñe y se esfuerza, no consigue ganar altura.
Se queda clavado en el piso, atrapado entre la ventana y el ruido de la guardia en la puerta.
Desde fuera, una voz se impone sobre el ruido de botas y metal.
¡Conspiradores! ¡Rendíos y tendréis un juicio justo!
La frase resuena en la calle.
¡Huid, y se os castigará sin piedad!
Dentro de la casa, la familia enmudece al instante.
Minion sigue junto a la ventana, con las manos en el marco y la armadura pesándole como una losa. Arriba, desde el tejado, los demás oyen la amenaza con claridad.