El carro se detiene finalmente.
"Bajadlos", dice Sebastián.
Unas manos los agarran por los brazos y los hacen descender con torpeza. Morvan pisa primero tierra firme; Sierra baja después, todavía con la cabeza cubierta, amordazada y las manos inmovilizadas.
"Podéis volver", añade Sebastián. "Yo me encargo de ellos."
Uno de los hombres de Barba Rala duda.
"Señor, son peligrosos."
Sebastián deja escapar una pequeña risa.
"Y yo también. Además, están atados, amordazados y con cepos en las manos. Tengo a mis hombres cerca. No os preocupéis."
Hace una pausa, lo justo para que la cortesía suene menos amable.
"Barba Rala ha dicho que me encargue yo. Así que me encargo desde aquí."
Los hombres intercambian miradas. No parecen convencidos, pero tampoco con ganas de discutirle. Finalmente se apartan, suben de nuevo al carro y se marchan.
Cuando el ruido de las ruedas empieza a alejarse, Sebastián habla sin volverse.
"Quedaos cerca. Ya sabéis qué hacer si intentan algo que no toca."
"Sí, jefe", responden varias voces desde distintos puntos.
Pasan unos segundos.
El silencio no es completo. Hay hojas movidas por el viento, algún pájaro entre los árboles y, más lejos, el rumor apagado de la ciudad. Pero la ausencia de los hombres de Barba Rala cambia el ambiente.
Sebastián se coloca frente a Morvan y Sierra.
"Bueno", dice con voz tranquila. "Estamos solos. Más o menos."
Se oye una sonrisa en su tono.
"Tenéis a unos cuantos hombres apuntando desde varios sitios, por si se os ocurre hacer algo raro. No os lo toméis como algo personal. Es simple prudencia."
Da un paso más cerca.
Sebastián guarda silencio un momento.
Parece mirar primero a Sierra, luego a Morvan, aunque con las cabezas cubiertas es difícil saberlo con seguridad.
"La cuestión es a cuál de los dos le quito la mordaza primero."
Da un par de pasos lentos frente a ellos.
"A ella se le dan bien las palabras. Eso me han dicho. Pero tú tienes pinta de ser quien decide."
Deja que la frase en el aire.
"Así que elegid vosotros."
Se acerca lo justo para que ambos le oigan con claridad.
"Voy a quitarle la mordaza a uno de los dos para que podamos hablar como gente civilizada. Antes de hacerlo, necesito saber que no vais a gritar, morder, escupir ni intentar una heroicidad absurda."
Hace una pausa.
"El que quiera hablar, que asienta. El otro se queda callado. Por ahora."