Craven contempla el gesto con una satisfacción apenas visible.
"Entonces procura que tus palabras no sean una prolongación de tu orgullo", responde. "La sangre nueva siempre desea gritar. Con el tiempo aprenderás cuánto poder cabe en un susurro."
Los pasos se detienen en la sala de las tinajas.
Durante un instante solo se oye el crepitar de las antorchas y el rumor de varias respiraciones contenidas al otro lado del pasadizo.
"Por aquí", ordena una voz. "La abertura está detrás de la última vasija."
El acero abandona varias vainas.
Olga se aproxima a Sierra. Su corazón se acelera, aunque ahora no es el latido desbocado de una presa acorralada. Hay miedo en él, pero también una fuerza nueva, aún desconocida.
Craven vuelve el rostro hacia la puerta.
"Han llegado nuestros anfitriones."
Su silueta se oscurece.
No da un paso. No inclina el cuerpo. Las sombras de la sala se alargan hacia él y se pliegan sobre sus vestiduras como un gran manto vivo. Durante un destello permanece junto a la pila; al siguiente, su figura aparece en la entrada del pasadizo.
Sierra no le ha visto recorrer la distancia.
Craven atraviesa la puerta.
Sierra y Olga lo siguen.
En la cámara de las tinajas aguardan media docena de hombres. Algunos llevan lámparas; otros, espadas desnudas. Uno se encuentra inclinado sobre el mecanismo oculto tras la vasija. Otro levanta el arma al ver movimiento en la abertura.
"¡Ahí están!", grita.
Las llamas de las lámparas se reducen de pronto hasta convertirse en pequeños puntos azules.
Craven aparece entre las tinajas.
No entra en la sala. Sencillamente, un instante no está allí y al siguiente ocupa su centro, alto e inmóvil, con las vestiduras negras extendiéndose sobre la piedra como la sombra de una torre.
La espada del primer hombre cae de su mano.
"Padre Antiguo...", murmura.
Un guardia más viejo lo reconoce y se arroja al suelo con tal violencia que las rodillas golpean contra la piedra.
"¡El Señor de Abajo!"
Los demás comprenden.
Uno tras otro, se postran ante él. Las armas resbalan de sus manos. Las frentes descienden hasta tocar el suelo y las espaldas se encorvan bajo una reverencia más próxima al terror religioso que a la obediencia.
"Perdonadnos", balbucea uno.
"No sabíamos que caminabais por la casa", añade otro.
"Recibid nuestra sangre si os hemos ofendido."
Craven los contempla como un dios antiguo ante las plegarias de unos pastores.
Durante unos segundos no responde.
La sangre almacenada en las tinajas parece estremecerse bajo la cera de sus tapas. Un rumor recorre las vasijas, como si algo dentro de ellas hubiera reconocido su presencia.
"Alzaos", ordena finalmente.
Los hombres obedecen, aunque ninguno se atreve a enderezarse por completo. Permanecen inclinados, con la mirada fija en el suelo.
Sierra y Olga salen del pasadizo.
Uno de los guardias las reconoce. El rostro se le endurece por reflejo y su mano busca la empuñadura que ya no lleva consigo.
Entonces ve la sortija en el dedo de Sierra. Se queda inmóvil.
Sus ojos pasan del anillo a Craven y después vuelven al suelo.
El anciano señala a Sierra con un movimiento apenas perceptible.
"Esta joven pertenece ahora a mi sangre."
Un estremecimiento recorre a los hombres.
Craven dirige después la mirada hacia Olga.
"Y esta mujer ha bebido de la suya."
Olga sostiene las miradas fugaces de los guardias. Aún parece asustada, pero ya no baja la cabeza ante ellos.
"Ambas caminan bajo mi estirpe", continúa Craven. "Las trataréis como corresponde."
Uno de los hombres se inclina profundamente.
"Como ordenéis, Padre."
"Ninguna mano se alzará contra ellas", dice el anciano. "Ninguna puerta les será cerrada. Ninguna lengua las envilecerá mientras permanezcan bajo este techo."
Los guardias murmuran su obediencia.
"Sí, Señor."
"Así se hará."
"La casa las reconocerá."
Craven fija sus ojos en el hombre que había ofrecido su sangre.
"No os he pedido entusiasmo."
El guardia palidece.
"Solo obediencia."
"Sí, Padre Antiguo", responde, bajando todavía más la cabeza.
Craven vuelve la mirada hacia las escaleras que conducen a las estancias superiores.
"Llevadme ante Emile."
Los hombres se miran de soslayo. Uno de ellos reúne el valor suficiente para adelantarse.
"¿Deseáis ver al señor Van de Gesloten Vuist?"
Los ojos inmensos de Craven se posan sobre él.
"¿Cuántos Emile crees que conservo en esta casa, pequeño?"
El hombre se inclina hasta casi doblarse por la cintura.
"Uno, Señor."
"Entonces no lo hagamos esperar."
Dos guardias recogen sus lámparas y se apresuran hacia la escalera. Los demás apartan armas, abren puertas y despejan el camino. Ninguno se atreve a caminar erguido delante del anciano.
Craven avanza tras ellos.
Sus pies apenas parecen tocar el suelo. Las sombras de los corredores se extienden a su encuentro, ocultando por momentos el borde de sus ropajes.
Sierra y Olga marchan detrás.
A medida que ascienden por los túneles excavados en la colina, los sirvientes que encuentran a su paso quedan inmóviles. Algunos huyen hacia las paredes. Otros caen inmediatamente de rodillas.
"Ha despertado", susurra una criada.
"El Padre camina por la casa", dice un soldado con voz quebrada.
Otro contempla el anillo de Sierra antes de inclinar la cabeza ante ella.
"Ha escogido una nueva hija."
La noticia corre delante de la comitiva como una corriente de aire frío. Puerta tras puerta, la casa se abre a su paso.