"Entonces morirás", dice Craven.
No hay amenaza en su voz. Ni enfado. Solo la tranquila certeza con que podría anunciar la llegada del invierno.
Sus enormes ojos permanecen fijos en Sierra.
"Y contigo morirá el hombre que decidió permanecer a tu lado cuando aún podía atravesar los muros. Después, quizá aquellos que aguardan en la ciudad, creyendo que todavía queda algo de ti que rescatar."
La mano de Olga se tensa entre los dedos de Sierra. Craven dirige por un instante la mirada hacia las estancias superiores.
"Emile puede tolerar muchas cosas. La insolencia de sus iguales. La deslealtad de quienes todavía le resultan útiles. Incluso una derrota, si puede vestirla después con un nombre más hermoso."
Una sombra de sonrisa cruza sus labios.
"Pero ningún señor soporta que lo humillen bajo su propio techo."
Las antorchas se inclinan suavemente hacia él.
"Esta casa es su reino. Cada piedra conoce su nombre. Cada espada que escuchas ahí arriba ha sido comprada con su oro, el miedo que infiere o sus promesas."
Craven contempla la sortija recién colocada en el dedo de Sierra.
"El sello impedirá que te confundan con una prisionera. No obligará a Emile a confundirte con una vencedora."
Su mirada vuelve al rostro de Sierra.
"Si derramas la sangre de sus hombres por venganza, no verá a una hija de mi estirpe defendiendo su dignidad. Verá a una criatura recién nacida desafiándolo en el centro de su dominio."
Se acerca un paso. Las sombras parecen llegar antes que él.
"Y yo no me interpondré."
La frase cae con suavidad. Precisamente por eso resulta terrible.
"Emile es mi chiquillo. Tú también lo eres ahora. No arrancaré la libertad de uno para preservar la imprudencia de la otra. Os concedí mi sangre, no una vida sin consecuencias."
Craven desvía los ojos hacia la puerta.
"Sin embargo, los palacios no solo tienen murallas."
Sus dedos largos rozan el aire, como si palparan una estructura invisible.
"También tienen puertas. Pasillos. Habitaciones donde una palabra pronunciada con dulzura alcanza lugares a los que jamás llegaría una espada."
Una expresión levemente divertida suaviza la severidad de su rostro.
"Emile ha aprendido a protegerse de la fuerza. Lleva un siglo rodeándose de hombres capaces de morir por él."
Hace una pausa.
"Pero incluso después de tantos años continúa siendo muy aficionado a contemplar su propio reflejo."
La sonrisa del anciano se ensancha apenas.
"Los hombres orgullosos son difíciles de vencer y extraordinariamente sencillos de conducir, siempre que uno les permita creer que han escogido el camino."
Craven observa a Sierra durante un largo instante.
"No te aconsejo que olvides a los hombres de la celda. Algunas afrentas merecen memoria."
Su voz desciende hasta convertirse en un murmullo.
"Solo te aconsejo que no confundas memoria con prisa."
Los pasos continúan resonando al otro lado de los muros.
"Ve ante Emile. Escúchalo. Descubre qué desea más que la muerte de tus compañeros."
El anciano vuelve la mirada hacia la claridad que entra desde Heliogábalo.
"Todo hombre posee algo que valora por encima de aquello que afirma defender. Un reino. Un nombre. Una victoria. La certeza de haber sido más inteligente que cuantos lo rodean."
Sus ojos regresan a Sierra.
"Encuentra eso, y quizá puedas comprar varias vidas sin desenvainar una sola hoja."
Craven inclina ligeramente la cabeza.
"Pero entra en su presencia con los dientes ocultos, pequeña."
Una última sonrisa, fría y melancólica.
"Las fieras que enseñan demasiado pronto los colmillos suelen terminar adornando el salón de algún cazador."