La criatura contempla a Olga, todavía suspendida en el aire, como si su cuerpo no pesara más que un pensamiento.
"No te he pedido que la devores", dice.
Un movimiento apenas perceptible de sus dedos basta para romper el hechizo. Olga desciende lentamente hasta rozar el suelo, pero las piernas no la sostienen. Cae de rodillas junto a la pila y aspira el aire con violencia, como quien emerge de unas aguas negras tras haber olvidado que existía el mundo.
La fascinación abandona sus ojos. En su lugar aparece el terror.
Olga retrocede a rastras hasta que la espalda choca contra la piedra. Mira la puerta cerrada, la abertura sobre la ciudad y, por último, el rostro inmóvil del anciano. Ningún camino parece conducir fuera de aquella sala.
"Por favor...", balbucea. "Yo no he hecho nada."
La criatura vuelve sus enormes ojos hacia Sierra.
"Quieres conservarla."
No es una pregunta. Sus labios se curvan ligermaente.
"Los recién nacidos siempre desean llevarse consigo una última reliquia de la vida que abandonan."
Olga se abraza el cuerpo.
"¿Qué vais a hacerme?", pregunta, sin lograr ocultar el temblor de su voz.
"Yo, nada", responde el anciano.
"Entonces dejadme marchar."
La criatura parece divertida por la premura de aquellas palabras.
"Siempre tenéis tanta prisa por regresar a aquello de lo que acabáis de huir."
Por encima de ellas resuenan pasos. Sierra distingue botas sobre la piedra, voces entrecortadas y el roce de armas contra hebillas y paredes. Los hombres de la casa registran las estancias superiores.
Olga también alza la vista, aunque solo percibe un rumor confuso.
"Van a encontrarnos", murmura.
Sus ojos caen sobre la pila. El recuerdo aparece en su rostro antes de convertirse en palabras.
"Las tinajas...", dice. "Yo vi cómo llenaban una. Había una mujer. Le cortaron el cuello y dejaron que la sangre cayera dentro."
La voz se le quiebra.
"Decían que era una ofrenda. Que era para vos. Para Craven."
El anciano vuelve despacio la cabeza hacia ella.
"¿Para mí?", pregunta.
Por primera vez parece sentir algo parecido a la curiosidad.
"Eso dijeron", responde Olga.
Una risa baja recorre la estancia. No es una carcajada humana, sino el rumor de algo antiguo removiéndose bajo la tierra. Las llamas de las antorchas se inclinan hacia él, como si también ellas quisieran escucharlo.
"Ah, mis pequeños", murmura.
Eleva la mirada hacia las bóvedas, hacia la casa levantada sobre sus dominios.
"Durante generaciones han descendido hasta mis puertas cargando sangre, cuerpos, juramentos y esperanzas. Todo cuanto sus pobres corazones juzgaban digno de un altar."
Su expresión adquiere una melancolía casi afectuosa.
"Primero lo llamaron gratitud. Después, tributo. Más tarde, devoción. Los nombres cambian cuando los hombres desean ocultarse a sí mismos la naturaleza de sus actos."
"¿No se lo pedisteis?", pregunta Olga.
El anciano medita la cuestión con una gravedad que parece desproporcionada.
"¿Acaso se pide a un niño que arranque una flor del camino?"
Se encoge de hombros.
"El niño la trae. La deposita a tus pies y aguarda una sonrisa. Uno acepta el presente, no porque lo necesite, sino porque rechazarlo quebraría la pequeña historia que ha construido para explicarse el mundo."
Olga palidece aún más.
"A aquella mujer la mataron."
"Sí", responde él.
No hay placer en su voz. Tampoco pesar. Solo la serenidad de quien reconoce que la lluvia ha caído sobre un campo lejano.
"Y a mí iban a hacerme lo mismo", añade Olga.
"Es probable."
La mujer enmudece.
El miedo permanece, pero ahora lo acompaña una comprensión peor: si los hombres de la casa atraviesan aquella puerta, su vida volverá a convertirse en una cosa ajena, medida por manos que no son las suyas y destinada a vaciarse dentro de una vasija.
La criatura toma la muñeca de Sierra entre sus dedos largos y pálidos.
"Pero tú no deseas que esta pequeña mujer termine convertida en otra ofrenda", dice, mirando a Sierra.
Una de sus uñas pasa sobre la piel.
La carne se abre con una precisión silenciosa. De la herida brota una sangre oscura y espesa, casi negra bajo la luz de las antorchas.
Olga se aprieta contra el muro.
"No", dice. "No beberé eso."
"Entonces no bebas", responde el anciano.
No intenta convencerla. Su indiferencia vuelve la elección más cruel.
"Puedes permanecer aquí y confiar tu destino a quienes llenan las tinajas."
En las plantas superiores, una voz ordena registrar las escaleras. Otra responde desde algún lugar más cercano.
Olga mira hacia la puerta.
En sus ojos reaparece la muchacha degollada, el filo atravesando la carne, la sangre golpeando el barro cocido con un sonido suave e interminable.
Después observa a Sierra. La piel pálida. Los ojos cambiados. La herida abierta en la muñeca.
"¿Me convertirá en... algo como vos?", pregunta, señalando al anciano sin atreverse a sostenerle la mirada.
Él deja escapar otra risa tenue.
"No."
La palabra posee la indulgencia que un monarca reservaría para la pregunta de un niño.
"Tu corazón continuará con su humilde golpeteo. Respirarás, comerás y caminarás bajo el sol. Los años seguirán posándose sobre tu rostro y, cuando llegue tu hora, la muerte aún sabrá encontrarte."
Olga traga saliva.
"Entonces, ¿qué me hará?"
"Te prestará una sombra de su vigor", explica el anciano. "Tus heridas cerrarán antes. La fatiga tardará más en doblegarte. Tus músculos recordarán una fuerza que nunca les perteneció. Tal vez, con el tiempo, alguna gracia menor de su sangre despierte también en ti."
Gira la muñeca de Sierra para impedir que la gota caiga al suelo.
"Y quedarás unida a ella."
"¿Unida cómo?", pregunta Olga.
"Su cercanía te traerá consuelo. Su aprobación será más dulce de lo que debería. Su ausencia pesará sobre ti y, cuando el hambre de su sangre regrese, no podrás fingir que no la deseas."
Olga niega despacio con la cabeza.
"Ya he tenido dueño."
El anciano la contempla como quien escucha a una niña jurar que jamás volverá a temer a la oscuridad.
"Todos tenéis dueños."
Su voz se extiende por la sala con la lentitud de una sombra al caer la tarde.
"Un marido. Un padre. Un amo. Un señor. Un dios. Entregáis vuestras vidas por amor, por costumbre, por unas monedas o por miedo a pasar hambre. Después llamáis libertad al breve intervalo entre una obediencia y la siguiente."
Sus ojos descienden hacia la sangre de Sierra.
"Esta cadena será, al menos, sincera."
Los pasos vuelven a resonar sobre ellas. Más próximos. Olga cierra los ojos.
Cuando los abre, contempla a Sierra durante largo rato. No mira la sangre. Mira su rostro, como si buscara allí una promesa que el anciano jamás se rebajaría a formular.
Después vuelve la vista hacia la puerta.
"Ellos ya habían decidido lo que iban a hacer conmigo", murmura Olga. "Mi marido también decidió por mí."
Se incorpora con ayuda del muro. Las piernas le tiemblan.
"Esta vez decidiré yo."
Da un paso hacia Sierra, pero se detiene antes de tocarla.
"¿Puede hacer esto con cualquiera?", pregunta Olga al anciano.
"No", responde la criatura.
Sus ojos se posan en Sierra.
"Su noche acaba de nacer. La sangre joven solo puede extender una raíz."
Acerca la muñeca abierta hacia Olga.
"Después, esa facultad dormirá. Quizá durante meses. Quizá durante años. No existe reloj capaz de medir aquello que todavía está aprendiendo a ser eterno."
Una sombra de diversión cruza su semblante.
"Cuando vuelva a estar preparada, ella lo sentirá. Será como descubrir, una noche cualquiera, que una puerta cerrada desde siempre ha quedado entreabierta."
Olga inspira hondo. Sigue aterrada. Sierra escucha su corazón desbocado y percibe el olor cálido del miedo sobre su piel. Pero la mujer no retrocede. Toma la mano de Sierra entre las suyas. Al principio la mantiene lejos del rostro, como si todavía pudiera elegir otra condena.
Arriba se abre una puerta. Una voz llama a los guardias. Olga cierra los ojos y acerca los labios a la herida.
Bebe. Una sola vez.
El corazón le golpea con violencia. Después otra vez. Y otra.
Olga suelta la muñeca y cae de rodillas. Se dobla sobre sí misma, aferrándose el vientre, mientras las venas de su cuello se oscurecen durante un instante bajo la piel.
El aire entra en sus pulmones con un jadeo áspero. Sus dedos se clavan en la piedra. Sierra escucha cada latido.
Tum.
Tum.
Tum.
La mujer levanta la cabeza. Sigue siendo Olga.
Conserva el miedo, la amargura y la rabia de quien ha pasado demasiados años sometida a decisiones ajenas. Nada de eso ha desaparecido. Pero ahora parece más denso. Más oscuro. Más difícil de quebrar.
Olga apoya una mano en el suelo y se incorpora de un solo movimiento. Demasiado rápido.
Abre y cierra los dedos. Sus hombros se enderezan. El agotamiento del calabozo se ha desvanecido y bajo su piel parece despertar una fuerza nueva, todavía torpe, pero indudable.
Los hombres continúan acercándose por los corredores superiores. Olga vuelve el rostro hacia el techo. También ella los ha oído.
El anciano contempla a las dos mujeres con una satisfacción familiar, semejante a la de un abuelo que observa a unas niñas jugar con una reliquia cuyo verdadero valor jamás podrían comprender.
"Miraos", murmura.
Su sonrisa se ensancha.
"Dos pequeñas criaturas huyendo de su jaula para descubrir un jardín repleto de flores."
Los pasos resuenan sobre ellas. El anciano vuelve los ojos hacia Sierra.
"Veamos qué sucede cuando el mundo descubra que sus presas han aprendido a morder."