Olga continúa suspendida sobre el suelo, inmóvil, con los brazos caídos y la mirada perdida. Solo las puntas de sus cabellos se agitan bajo una brisa que Sierra no alcanza a sentir.
El desconocido no responde.
Las llamas de las antorchas se inclinan hacia él.
Por un instante permanece junto a Olga. Después su figura se aplana contra el muro, alargándose entre las sombras como la silueta de una araña. Sierra parpadea y lo ve a mitad de la sala. Otro pestañeo, y su cuerpo se pliega alrededor de una columna de oscuridad. Luego desaparece.
Una mano pálida surge junto al rostro de Sierra. Ella retrocede, pero él ya está frente a ella. No le ha visto cruzar la estancia. Las sombras parecen haberse doblado para entregárselo.
"¿Quién soy?", repite con una voz profunda y suave, gastada por siglos de palabras. "Qué pregunta tan pequeña para una respuesta tan antigua."
Sus ojos se abren un poco más. Son enormes, oscuros y perfectamente inmóviles.
Sierra trata de apartar la vista, pero descubre que no puede. Los ojos del ser ocupan todo cuanto ve, como dos pozos abiertos en mitad de la noche. En ellos no encuentra un reflejo de sí misma, sino fragmentos de una vida que creía enterrada.
Una casa en Thay. El temor a unos pasos acercándose por el corredor. Una mano demasiado grande. Una voz ordenándole que callara.
"Una niña bajo el cielo rojo", murmura él. "Tan pequeña, y ya aprendiendo que los hombres confunden la ternura con la debilidad."
Sierra contiene el aliento. Las paredes de la cámara parecen alejarse. Ahora huele a incienso barato, sudor y vino agrio.
Ve una puerta cerrándose tras ella. Un puñado de monedas cambiando de manos. Las risas de unos hombres que todavía no conocía.
"Después te entregaron a una casa sin misericordia y le dieron un nombre amable a tu condena. Te vistieron con sedas para ocultar los barrotes. Te enseñaron a sonreír cuando querías morder."
La voz no la acusa. Eso es peor. Habla de sus recuerdos como si hubiera estado allí.
"Calla", susurra Sierra.
Él inclina la cabeza.
"Callaste muchas veces. Y sobreviviste."
Da un paso hacia ella. O quizá la sala se encoge a su alrededor.
"Luego buscaste entre los afligidos un dios que comprendiera el dolor. Serviste a Ilmater, cargaste heridas ajenas sobre una espalda que apenas podía sostener las propias. Convertiste el sufrimiento en virtud porque nadie te había enseñado a vivir sin él."
Sus dedos pasan cerca de la mejilla de Sierra, sin llegar a tocarla. Aun así, un frío profundo se extiende bajo su piel.
"En cada estación de tu breve existencia hiciste aquello que era necesario. Cuando te golpearon, resististe. Cuando te vendieron, aprendiste. Cuando te pidieron obediencia, fingiste. Cuando te ofrecieron una causa, te entregaste a ella."
Sus labios dibujan una sonrisa tenue, casi triste.
"Siempre sobreviviendo. Nunca viviendo."
Sierra intenta mover una mano. Sus dedos apenas responden. Olga sigue flotando detrás de él, olvidada en mitad de la sala.
"Déjala", consigue decir Sierra.
El ser mira a Olga sin volverse.
"Ella no me interesa."
Sus ojos regresan a Sierra.
"Tú sí."
La primera luz del amanecer alcanza el borde de su túnica, pero no parece tocarlo. La claridad se detiene ante él como el agua ante una piedra.
"Puedo ofrecerte una revelación, joven de Thay. No consuelo. No redención. Esas son limosnas para quienes temen desear algo mejor."
Se inclina hacia ella.
"Te ofrezco el final de la necesidad."
Sierra siente cada palabra dentro del pecho.
"Nunca más una mano sobre ti que no hayas permitido. Nunca más un amo, un cliente, un sacerdote ni un señor. Nunca más tendrás que suplicar que te dejen marchar. Nunca más volverás a mirar la libertad desde el otro lado de una puerta."
El ser levanta una mano y la mantiene abierta entre ambos.
"Solo tienes que aceptar mi don."
Las antorchas crepitan al mismo tiempo.
"Hace mucho, también encontré a un muchacho hambriento. Un pequeño campesino con barro en las botas y ambición en los ojos. Nadie sabía su nombre. Nadie habría apostado una moneda por su porvenir."
Mira fugazmente hacia la ciudad.
"Emile."
Pronuncia el nombre con el cariño distante de quien recuerda una criatura que alguna vez cupo en sus brazos.
"Mi pequeño Emile ha crecido. Ahora los poderosos esperan ante su puerta, los mercaderes pesan sus palabras y los hombres armados obedecen sus gestos. Es el más rico de esta tierra, el más temido, el más necesario."
La sonrisa desaparece de su rostro.
"Y, por tanto, ha dejado de sorprenderme."
Vuelve a contemplar a Sierra.
"Más de un siglo observando esta ciudad. Sus nacimientos, sus pestes, sus guerras diminutas. Más de un siglo viendo a ese niño elevarse sobre quienes se reían de él. Fue una obra hermosa."
Sus dedos largos rozan al fin el mentón de Sierra y le levantan suavemente el rostro.
"Pero toda obra termina."
Los ojos inmensos la mantienen cautiva.
"Ha llegado el momento de abrazar a otro chiquillo."
Una sombra pasa por el semblante del ser. Por un instante, su rostro parece más viejo que la piedra que los rodea.
"Otra vida. Otra creación."
Su pulgar acaricia la mejilla de Sierra con una delicadeza insoportable.
"Una joven rota de Thay, rehecha para que jamás vuelva a arrodillarse."
Acerca el rostro al suyo. Sierra nota el frío de su aliento junto a la garganta.
"Déjame mostrarte cuánto poder puede nacer de todo aquello que intentó destruirte."