Fuera de la Ramera Feliz, el sargento observa la ventana abierta del segundo piso. A sus pies hay varias tejas rotas y una contraventana que se balancea con cada golpe de viento.
La posadera permanece junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el delantal. Todavía lleva el pelo recogido de cualquier manera y una expresión de profundo fastidio.
"Así que salió por ahí", dice el sargento.
"Eso parece."
"¿Y no lo vio?"
"Sargento, regento una posada. Si tuviera que vigilar por qué agujero entra y sale cada hombre que duerme aquí, habría abierto un burdel."
El sargento vuelve la cabeza lentamente hacia el letrero de la Ramera Feliz.
"El nombre puede llevar a confusión."
"La esperanza mantiene vivo el negocio."
Uno de los guardias reprime una sonrisa. El sargento no.
"Hábleme del fugitivo."
La posadera se encoge de hombros.
"Un tipo corriente."
"Ha escapado por una ventana."
"En este barrio eso sigue entrando dentro de lo corriente."
"Su nombre."
"No lo dijo."
"¿Cuándo llegó?"
"Hace dos días."
"¿Solo?"
La posadera tarda una fracción de segundo de más en responder.
"No."
"¿Cuántos?"
"No llevo la cuenta de todos los desgraciados que cruzan mi puerta. Cobro por habitación."
"Empiece a llevarla."
Ella suspira y mira hacia el interior de la posada.
"Un arquero de facciones agraciadas. Un muchacho que olía a magia. Un druida vestido de verde. Una mujer alta y exótica. Dos soldados jóvenes. Y...", parece dudar, pero no menciona a Morvan ni a Sierra. "Ya sabe cómo son los aventureros: todos se parecen."
"¿Había más?"
"Siempre hay más. Ésa es la desgracia de los grupos."
"Le he preguntado cuántos."
"Y yo le he dado una respuesta ajustada a lo que pagaron por las habitaciones."
El sargento aprieta la mandíbula.
"¿También se alojaron aquí una mujer de Thay y un extranjero llamado Morvan Barcelo?"
Por primera vez, la expresión de la posadera cambia. Apenas un instante.
"Pasa mucha gente por aquí."
"Pero ésos sí los recuerda."
"No me acuerdo".
"Los otros, ¿de qué hablaban?"
"De beber. De marcharse. De no tener dinero. Lo habitual."
"¿Con quién se reunían?"
"Entre ellos."
"No me haga perder el tiempo."
"No tengo tanto como para regalarlo, sargento."
El hombre la mira en silencio. Después señala la ventana.
"Ese individuo ha huido en cuanto nos ha visto. Sus compañeros probablemente estén implicados en asesinatos, disturbios, conspiración y un ataque contra hombres de la guardia. Y usted pretende convencerme de que pasaron por su establecimiento hablando del tiempo."
"Aquí nadie habla del tiempo. Siempre es malo en Heliogábalo."
El sargento la agarra de repente por el hombro y la empuja contra la pared. El golpe hace temblar el letrero sobre la puerta. La posadera contiene un gemido, pero no aparta la mirada.
Los clientes que observaban desde dentro desaparecen de las ventanas.
"Escúcheme bien", dice él, acercando el rostro al suyo. "No está protegiendo a unos pobres muchachos perseguidos por una injusticia. Está ocultando información sobre fugitivos. Eso la convierte en cómplice."
"Eso parece una palabra grande para una posadera."
El sargento la empuja de nuevo, esta vez con más fuerza.
"Puedo cerrar este lugar antes del mediodía. Puedo llevarme a cada hombre y mujer que duerma dentro. Puedo hacer que registren las habitaciones, las bodegas y hasta las letrinas. Y cuando terminemos, la Ramera Feliz tendrá que cambiar de nombre por falta de ramera, de felicidad y probablemente de techo."
La posadera respira con dificultad.
"Eso último ya lo teníamos pendiente."
El sargento levanta una mano, a punto de golpearla.
Ella deja de sonreír.
"Preguntaron por alguien", dice finalmente.
La mano del sargento permanece en alto.
"¿Quién?"
"Mauro Grajo."
"¿Quién es?"
"No lo sé."
El sargento entrecierra los ojos.
"¿No lo sabe?"
"Sé que se llama así, que suele hospedarse aquí y que se dedica a sus cosas. No le he pedido el árbol genealógico."
"¿Está dentro?"
La posadera vacila.
"Puede."
"¿Puede?"
"Tiene una habitación arriba. Si no se ha marchado, estará allí."
El sargento se vuelve hacia la entrada.
"¿Cuál?"
"La tercera puerta a la izquierda."
El sargento hace un gesto a dos de sus hombres.
"Vosotros, conmigo."
La posadera se aparta de la pared y se arregla el delantal.
Percepción de la posadera: 1, 3. Fallo.