Los guardias conducen a Morvan hasta la misma sala del día anterior.
Al otro extremo de la larga mesa, Van de Gesloten Vuist lo espera con las manos entrelazadas frente al pecho. Dos guardias permanecen detrás de él, atentos a cualquier movimiento. A lo largo de las paredes, los sirvientes guardan silencio; otros observan desde la galería del segundo piso, apoyados sobre la barandilla que rodea la estancia.
"Ah, nuestro estimado extranjero", dice el señor de la casa. "¿Habéis pasado una buena noche?"
Morvan se detiene.
Sobre la mesa, dispuestas cuidadosamente frente a Van de Gesloten Vuist, están sus pertenencias: su armadura, marcada con el huargo familiar, y el filo que heredó de su padre.
Barba Rala debe de haberlas enviado.
"Me temo que la discreción ha dejado de ser una opción para vos", continúa Van de Gesloten Vuist.
Separa lentamente las manos. Entre ellas sostiene una calavera. Morvan la reconoce al instante. La calavera de su padre. Van de Gesloten Vuist la contempla un momento, casi con ternura, antes de depositarla sobre la mesa junto a la espada.
"¿Por qué no terminamos con esta farsa, Morvan Barcelo? De todas formas, para vos ya ha terminado."
Se reclina ligeramente en el asiento.
"Lamento informaros de que Anya de los Kharuun fue asesinada anoche, junto a dos de vuestros hombres, cerca de la Plaza del Palomar. Fuera lo que fuese que esperabais conseguir con vuestra pequeña conspiración, ha quedado reducido a unos cuantos cadáveres sobre el empedrado."
Deja que el silencio se prolongue.
"Y vuestras historias sobre el barón Osric han caído en saco roto, me temo."
Van de Gesloten Vuist se levanta. La calavera queda sobre la mesa, mirando a Morvan con sus cuencas vacías. El hombre rodea lentamente su silla, cruza las manos a la espalda y empieza a caminar.
"Osric desea que vuestro final sea ejemplar. Una ejecución en la Plaza Mayor, con invitados, ceremonia y toda la pompa necesaria. No todos los hombres tienen el privilegio de morir ante una audiencia distinguida."
Se detiene junto a las pertenencias de Morvan y pasa un dedo por el emblema del huargo.
"Imagino que también querrá exhibir esto. A los nobles les encantan los símbolos, sobre todo cuando pertenecen a familias derrotadas."
Finalmente alza la mirada.
"¿Tenéis algo que decir al respecto?"
Sus labios rojos dibujan una pequeña sonrisa.
"¿O aceptaréis vuestro infortunio con la dignidad que corresponde al último Barceló?"