Ruben
"La filosofía es un lastre". No está sólo en esa opinión. Un conocido mío, graduado en Filosofía (mi más sentido pésame) también lo opina. Por supuesto, esta hipérbole queda en esas cinco palabras, y a partir de ahí tiene una amplia base para explicar por qué en su opinión la filosofía resta más que suma. Si nos quedamos en estos y cualesquiera que fueren otros 5 vocablos escogidos a dedo, podríamos menoscabar cualquier postura concebible. Hablas de Jesús González Maestro en un tono ciertamente condescendiente, aunque tratas de camuflarlo tras una aparente sesudez. Dices, y te cito:
"Maestro tiene sus conocimientos literarios". No has utilizado ninguna de las múltiples expresiones que venían al caso y que, sin duda, para sentar un debate justo en el que estás utilizando su imagen, harían justicia a su carrera. Al decir "tiene sus conocimientos literarios", más específicamente, "sus conocimientos", estás dando a entender que es poco menos que un recién salido de la facultad. Continúas diciendo: "que supongo serán muy amplios". "Supongo serán". ¿Cómo, supongo? ¿Desde la fundación Gustavo Bueno -que nada tiene que ver con el epítome del conocimiento literario formal, aclaremos esto-, personas indeterminadas en tu mensaje, a las que no podemos poner ni voz, ni rostro, ni nombre, afirman que y hemos de tomarlas por su palabra -con la que tú, aparente y casualmente, coincides-, pero sin embargo esta persona, de cuya carrera y trabajos eres por fuerza conocedor -o habrías de serlo si con esta contundencia y condescendencia hablas de él-, "supones" que tiene "sus conocimientos" literarios? Un pelín capcioso, sin duda. No puedes enfrentar dos posturas -aunque una de ellas sea un plural invisible referido a un conjunto de gente de una fundación equis- justamente inclinándose con esa parcialidad hacia una de ellas.
No sé si has leído -por ti mismo, digo- la Crítica de la Razón Literaria. Yo empecé a leerla hace años luego de comunicarle al propio Jesús Maestro mi interés por la adquisición de la obra -que en aquél momento era imposible de obtener por medios legales-, el cual tuvo a bien remitirme hacia su blog personal, donde está también públicada íntegramente de manera gratuita. Déjame decirte que hay argumentos literarios de sobra para defender el análisis de la literatura desde una perspectiva científica (de hecho, se hace, no es algo que haya inventado él), si bien, esto no significa -ni él en ningún momento afirma- que la base literaria no deba estar construida, innegablemente, sobre las experiencias vitales y en consecuencia emocionales del autor. Su problema, y éste es un problema real, es la incapacidad hispana para analizar formalmente una obra literaria utilizando los instrumentos que endémicamente han popularizado nuestros vecinos angloparlantes, y no afirmar que en el trabajo hermenéutico de interpretación de un texto, dos más dos son cuatro.
Si Jesús Maestro tiene más o menos ego, no viene al caso. Precisamente, Gustavo Bueno, a quien adoro como personaje por su carácter -y del que tengo y he leído algún libro- era tanto más vehemente que él, y también lo caracterizaba un fortísimo carácter y una prepotencia desmedida (aún recuerdo la mítica intervención en la que tuvo que agarrarlo una señora de los allí presentes, una ponente, para que no saliera de la mesa y le cruzara la cara a un señor por contrariarlo), y no será su ego, mayor o menor a razón de según a quién le preguntes, el que sustraiga ni un ápice de su conocimiento filosófico. Conocimiento que, dicho sea de paso y mereciendo por supuesto siempre el respeto, y aceptando que esto que voy a decir es, tan sólo, una opinión más que comparte mucha gente, hace décadas quedó superado. Te digo esto en afán de que entiendas que no me gusta nada tu planteamiento decitómico en el que, sutilmente, expresas dos posturas que tú mismo pintas como antagónicas (Jesús Maestro y su ego frente a la inapelable fundación Gustavo Bueno), a la par que elevas una de ellas por encima de la otra, dándole la condición de buena y correcta, frente a la ridiculez de alguien que "quizá sepa de lo que habla", y que podrías haber realizado una exposición bastante más neutra tal y como has hecho con tu apreciación de El Quijote, que es incontestable -en tanto a forma de expresarla-.
Te recomiendo leer, si no lo has hecho, un entremés cervantino titulado 'El retablo de las maravillas'. En él se condensa a mi parecer la visión social y política que Cervantes tenía del mundo y que también aparece en El Quijote. Coincido contigo en que algunas partes intermedias pueden afectar al ritmo narrativo -pero es que, en muchos sentidos, hablamos de la primera novela moderna de la historia de las letras-, y que esto es igualmente común hoy, y que se me ocurren, por ejemplo, los Interludios de Sanderson en el Archivo de las Tormentas. No hemos de olvidar que aquí estamos hablando de una obra que fue publicada a principios del siglo diecisiete, y que presenta unos personajes, una trama pero, sobre todo, una forma de contarla, que no aparece en ningún otro ejercicio literario conocido. Para entender esta diferencia, basta con tomar las dos partes del Amadís de Gaula (que tengo aquí a mi lado en estos momentos, precisamente la edición de Juan Manuel Cacho Blecua de la editorial CATEDRA), de tan sólo 1 siglo antes, y comprobar que nada tienen que ver el uno con el otro, es como viajar en el tiempo.
Coincido también contigo en la apreciación que haces de la novela de caballería como el género de superhéroes de la época y yo añadiría como los cimientos de lo que hoy conocemos como fantasía y alta fantasía, que también se construye desde la literatura griega, pero sin duda con una fuerte impronta temática proveniente del género caballeresco. Y déjame decirte, también, aunque esto no va contigo, que me parece muchísimo más peligroso el ego de quien no se graba en vídeo para hablar de un aspecto literario determinado, o para subir sus clases universitarias en público en afán divulgativo para, en sus propias palabras, la gente que no se lo puede permitir, pero en lugar de cerrar la boca, opta por seguir adelante y tener la última palabra a la hora de sentenciar a una persona a la que no conoce, y de hablar, que es peor, de una obra que no ha leído, tildándola de panfleto nacionalista sin conocerla. Esta persona será, ahora y siempre, una ignorante, además de un sinvergüenza. Y ninguna expulsión podrá alejarme de este parecer.