Todos
Siguiendo las indicaciones del sacerdote, cruzan un pequeño camino empedrado flanqueado por cipreses torcidos. A unos cien pasos, al otro lado de un jardincillo algo descuidado y una tapia baja cubierta de líquenes, encuentran el edificio que Verbal les mencionó: una modesta construcción de piedra, con un tejado a dos aguas y una pequeña chimenea que lanza al cielo una espiral perezosa de humo. Una placa de madera colgada junto a la puerta anuncia el propósito del lugar con una caligrafía cuidadosa: "Baños de los Peregrinos. Agua caliente y discreción."
Al abrir la puerta, una oleada de vapor con olor a lavanda, jabón de ceniza y pino les envuelve. En el interior, una mujer mayor con moño recogido y expresión afable les saluda con una inclinación de cabeza.
"Para vosotras, a la derecha. Y para vosotros, al fondo, tras la cortina azul. No hay turnos a estas horas," dice con una sonrisa. "Así que adelante. El agua está caliente. Y los fantasmas no suelen venir hasta pasada la medianoche." (Mira a Elijah 😜 )
El interior está dividido con sencillez: biombos de madera, cortinas modestas, y un silencio agradable sólo interrumpido por el goteo del agua y el crepitar de alguna brasa. Unas toallas gastadas pero limpias cuelgan en percheros, y cada zona tiene su propia bañera de piedra humeante, lo bastante grande para que se remoje más de uno a la vez, si no hay reparos.
Después de días sin un atisbo de aseo, el sonido del agua burbujeando es tan celestial como cualquier salmo. Algunos miembros del grupo sonríen sin disimulo. Otros simplemente suspiran.
Por fin, un momento de paz, aunque breve.