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La Compañía del Unicornio avanza con paso lento y contenido entre las tumbas del viejo cementerio, envuelta en una quietud que parece más espesa que el aire mismo. Las hojas secas crujen bajo las botas y el musgo cubre los nombres desgastados de los muertos, como si el lugar tratase de olvidar sus propios secretos.
Pero el olvido no es lo que reina esta noche.
A su alrededor, los muertos siguen alzándose. Manos huesudas emergen de la tierra removida, empujando lápidas, desgarrando sudarios, rompiendo el silencio con el susurro seco de huesos y telas rotas. Ya no son uno o dos —son docenas. Decenas de figuras tambaleantes que se levantan por todo el camposanto, en un crescendo lento y terrible.
Y aun así, más allá del caos que se avecina, al pie de un túmulo semiderruido, espera la celda de Rynne. Desde dentro, la débil luz de un candil proyecta un resplandor tembloroso que apenas logra atravesar los barrotes oxidados.
No se escucha nada. Ni palabras, ni pasos. Solo el roce lejano de los muertos al despertar… y la luz, persistente y muda, esperando en mitad de la oscuridad.
Y entonces, sin previo aviso, la luz del candil se apaga.
No parpadea. No titubea. Simplemente… muere.
La oscuridad lo devora todo en un segundo. Desde fuera de la celda, donde antes temblaba una tímida llama, ya no queda más que una negritud absoluta, compacta, como si el hueco tras los barrotes hubiese dejado de pertenecer al mundo de los vivos. Un pozo de sombra sin fondo.
El silencio se vuelve espeso, nauseabundo. Hasta los muertos que se alzan parecen dudar por un instante. El frío se cuela entre los huesos, entre las ideas.
Y entonces los ven.
Dos ojos. Dos orbes blancos, vacíos y fijos, que aparecen de la nada, brillando como perlas podridas en medio de aquella nada opresiva.
Y debajo… una sonrisa.
Una sonrisa grotesca, imposible, de dientes demasiado largos, demasiado perfectos, demasiado blancos. No hay rostro, no hay piel, no hay forma reconocible. Solo esa mueca suspendida en el abismo, mirándoles con una calma cruel.
La certeza de que no están solos.
Y de que ya es demasiado tarde para marcharse.
