Todos
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Rachel se mantiene inmóvil, con los dedos entrelazados, la mirada fija en el horizonte desvaído por el eclipse. A su alrededor, los demás —Elijah, Thorian, Bailey, Milly y Pizz— aguardan en ese silencio extraño que precede a las revelaciones o a las emboscadas.
No se dicen nada.
Quizá porque ya no hay palabras que basten.
O quizá porque el aire en torno a ellos pesa tanto, que hasta los pensamientos se hunden en él como piedras en un lago sin fondo.
El cementerio, inmenso y gris, se extiende como un campo de ruinas detenidas en el tiempo. Pero algo cambia.
No de golpe.
No con alaridos ni estampidas.
Sino como lo hace la marea, cuando sube sin que uno se dé cuenta… hasta que el agua ya te cubre los tobillos.
Los muertos, que hasta entonces deambulaban con esa torpeza patética de las marionetas abandonadas, se detienen.
Uno gira la cabeza.
Luego otro.
Después, todos.
No hay ojos. Solo cuencas vacías.
Y sin embargo, miran.
Y todos miran en la misma dirección.
Hacia ellos.
Rachel siente cómo algo invisible se tensa en su pecho, como si alguien tirara de un hilo atado al centro mismo de su alma. A su lado, Bailey entrecierra los ojos. Pizz traga saliva con un chasquido audible. Elijah se remueve con el instinto del cazador que sabe cuándo se ha convertido en presa. Thorian, tranquilo, hunde ligeramente el rostro en la sombra de su capucha.
Los cadáveres comienzan a avanzar.
No corren.
No gritan.
Pero ya no deambulan.
Mientras el grupo observa cómo los muertos avanzan desde el promontorio y más allá, una fragancia inesperada flota en el aire. Al principio, nadie la nota. Es tenue. Apenas una hebra distinta entre la humedad del musgo y el polvo de tumba.
Y sin embargo, Bailey parpadea.
Algo cambia en el paisaje.
No en el cielo, ni en la tierra… sino en la celda de Rynne, apenas visible desde allí, entre cipreses oscuros y lápidas viejas.
Una luz nueva se filtra por las rendijas de la piedra y la madera.
No es el fulgor vacilante de una vela, ni el resplandor frío del eclipse.
Es más cálida, temblorosa, con un latido irregular que crece sin permiso.
Luego, un leve revoleteo, como de tela alzándose donde no hay viento.
Un brillo anaranjado.
Una sombra que se mueve dentro.
Y entonces, sin gritos, sin explosión, sin violencia… una cortina empieza a arder.
Tal vez fue un candil que cayó.
O tal vez no.
Pero el fuego sube a la madera con una suavidad que asusta más que el estruendo.
Es como si la pequeña celda, hasta hace poco refugio sagrado, hubiera exhalado su último aliento en llamas.
Como si algo se hubiera rendido.
O despertado.