Rachel se aparta ligeramente del resto, buscando una mesa libre en un rincón donde la luz tenue alcance lo justo para leer sin esfuerzo. Coloca su cuaderno a un lado, saca una pluma de repuesto y empieza a examinar los lomos envejecidos de los libros, uno a uno, sin precipitarse. Sabe lo que busca. Y no es consuelo.
Entre códices de cronistas devotos y tratados enmarañados en lenguaje piadoso, Rachel intenta reconstruir la historia de Maergrath, pero pronto descubre que cuanto más profundiza, más se le escapa la verdad entre los dedos. Lo que se dice de él cambia según quién lo escribe. Lo que no se dice, sin embargo, se mantiene constante.
Maergrath es mencionado como el “Nigromante del Ocaso”, una figura de poder sombrío que, tras una gran pérdida, se entregó a las artes prohibidas. Pero las fuentes discrepan en su final. Algunas afirman que fue aniquilado en un acto de sacrificio heroico. Otras, que su cuerpo desapareció sin dejar rastro. Un par de textos ni siquiera lo nombran como individuo, sino como corrupción colectiva, una enfermedad de los tiempos.
En la versión más repetida, fue detenido por un grupo de siete, sin nombres ni linajes, y cuyas hazañas no coinciden entre manuscritos. Algunos los rodean de luz y símbolos, otros los omiten del todo. La mención es breve, como si cumpliera una función más litúrgica que histórica.
Un manuscrito fragmentario, atribuido al monje Ardel de Loudwater, fechado siglos después de los hechos, afirma:
“El Mal non puede alçarse donde el círculo permanece.
Siete lo cerraron.
La tierra los guarda.
E la forma del sello es redonda, mas sin principio.”
Una nota al margen, en tinta desvaída, añade:
“Algunos círculos nacen non para cerrar, sinon para dar vueltas.”
Más adelante, Rachel encuentra un texto litúrgico atribuido a un prior de Ilmater, donde se describe el uso ritual del silencio en ciertos días de luna menguante, con las puertas de la capilla cerradas y las lámparas apagadas “por memoria non dicha de los antiguos custodios”. No se explica a quién se refiere, ni cuál es la custodia. Solo se indica que “las tumbas han de permanecer sin nombre, e sin honra visible”.
Un plano sin título, encontrado entre hojas de oración y calendarios de eclipses, marca siete puntos alrededor de la nave central de la capilla. Uno más al centro. No hay nombres. Solo una glosa al pie:
“Aquí fincóse la sangre, e dende aquí non ha de alçarse.”
Rachel alza la vista de los textos. Todo encaja… y a la vez no.
Lo que se repite no es la historia, sino el esfuerzo por no contarla.
Una estructura rodeada de símbolos, palabras limpias, gestos sin fondo.
Y le asalta una sospecha aún sin forma.
¿Y si no hay relato, porque lo que hubo no debe recordarse?
¿Y si la historia no se perdió… sino que fue enterrada a propósito?
¿Y si el culto no cayó… sino que fue sellado con flores y plegarias, para que nadie vuelva a abrir lo que aún respira?
El silencio de la biblioteca pesa como piedra húmeda.
Y los libros, mudos, parecen esperar a que alguien los entienda.
Coge otro libro, los fragmentos que logra descifrar hablan de los liches como vestigios del poder consciente, amarrado por voluntad propia al mundo mortal. No son controlables por la magia que doblega a otros seres; su voluntad es entera, sellada en muerte como en vida. “Ni el conjuro más severo puede romper su conciencia, pues la filacteria no solo guarda su alma, sino su decisión.”
Rachel apunta el término. Filacteria. Ese será el núcleo de todo.
Sigue leyendo, y encuentra descripciones de su toque corruptor, un poder que no solo marchita la carne, sino que envenena el alma, dejándola quebrada, quebradiza.
“Un toque basta para trastornar el ánimo del más fuerte, pues allí donde el liche pone sus manos, la esperanza empieza a pudrirse.”
También encuentra fragmentos del antiguo sellado, breves pero reveladores: menciones a un círculo de magia, un sacrificio voluntario, y un artefacto sagrado que fue empleado como ancla. Nada definitivo. Pero suficiente para construir una estrategia si todo vuelve a desatarse.
Entre los márgenes de un tomo sobre geometría mística y transposiciones arcanas, Rachel encuentra lo que parece ser una anotación al margen, escrita por una mano más reciente que el resto del texto:
“No solo los dioses abren los caminos.”
Lo que sigue es una breve pero densa exposición sobre portales permanentes, artefactos de anclaje planar y los lugares donde la estructura del mundo se vuelve delgada. Selûne es mencionada como protectora de ciertos cruces lunares —especialmente durante los plenilunios— pero no como única vía. El texto subraya que las ruinas élficas antiguas, especialmente aquellas de épocas anteriores al Cisma de Evermeet, conservan estructuras que en su tiempo servían como puertas entre los planos.
Rachel toma nota. No hay certezas, pero sí caminos posibles. Y por primera vez, siente que si todo falla, aún hay sendas por las que nadie será abandonado.
Rachel no sonríe. Pero respira más hondo. Porque saber no da tranquilidad.
Pero da margen. Y con un liche al acecho y una luna incierta guiando sus pasos, eso… ya es mucho.