Bailey, Ronan, Elijah y Pizz
Mientras tanto, Bailey encabeza la marcha en dirección al mercado de Loudwater. Camina con paso seguro, el cabello recogido en una trenza práctica, la mirada alerta. Tras ella van Ronan, Elijah y Pizz, cada uno con su humor particular a cuestas. Thorian cierra el grupo, sin prisa, como si custodiar desde atrás le resultara natural.
El camino es breve, y pronto llegan al centro del pueblo.
La plaza del mercado no tiene la actividad bulliciosa de una ciudad, pero sí la variedad de un lugar que ha aprendido a sostenerse entre comerciantes, viajeros y supersticiones. Los puestos están desparramados sin orden, como si cada uno se hubiera colocado donde encontró sombra. Cuerdas con banderolas desteñidas cuelgan entre tejados bajos, y las calles de tierra prensada crujen bajo las botas.
Se dan cuenta pronto de un detalle particular: los motivos religiosos abundan. Hay colgantes con soles, lunas, lágrimas bordadas, espinas, ojos cerrados. Incluso en los objetos más banales —botas, sacos, cuencos— aparece un símbolo pintado, grabado o cosido con hilo rojo o plata. Las reliquias y amuletos no son rarezas, sino moneda corriente.
Entre los establecimientos visibles destacan un herrero de brazos anchos que pule una daga sobre una rueda de piedra, un alquimista de pelo blanco y gafas que organiza frascos en una estantería, y una tienda de ropa y complementos donde cuelgan chales bordados con runas y capas de viaje decoradas con pétalos secos.
Pero lo que llama la atención de Bailey es un pequeño edificio de piedra cerca de la esquina de la plaza. O más bien, una estructura. Un templo diminuto, casi un altar cubierto por una bóveda de piedra caliza, sin muros ni campana. Hay apenas una reja baja que lo rodea, y dentro, una losa vertical sobre la que descansa la efigie de una balanza tallada, medio oculta por hiedra domesticada.
Junto al altar, un hombre de rostro delgado y túnica gris conversa con calma con un par de vecinos. Tiene sobre la mesa varios cuencos de cerámica, pequeñas botellas de cristal, y un cartel escrito a mano que reza:
"Agua consagrada según los ritos de Kelemvor. Purificación. Protección. Silencio para los que no duermen."
No hay gritos, ni sermón, ni intentos de conversión. Solo una presencia tranquila, casi humilde. Pero la fila frente al altar no es corta.
"Parece que no somos los únicos preocupados por los muertos que no se quedan quietos," murmura Thorian, medio en broma, medio en serio.
Mientras los viajeros se dispersan con la mirada entre puestos y tejados, una voz suave pero firme se alza por encima del murmullo general, no como quien grita, sino como quien está seguro de que será escuchado:
"¡Pasad, pasad, almas inquietas! Traigo luz de la luna primera y clavos bendecidos por lágrimas de santos que nunca murieron."
El puesto de Men Udotimo es imposible de ignorar.
A diferencia del resto de tenderetes improvisados, el suyo tiene una estructura cuidada, con maderas pintadas de azul desgastado y un toldo color mostaza lleno de pequeños cascabeles que tintinean con la brisa. Sobre la mesa, colocadas con esmero, descansan decenas de reliquias de toda índole: frascos de aceite dorado, espinas de rosal en cajas de cristal, cruces rotas “recuperadas de capillas caídas”, fragmentos de hueso en relicarios de estaño, monedas con el rostro de Ilmater llorando sangre.
Men Udotimo, un hombre de edad indefinida y sonrisa impecable, viste ropas amplias, con mangas que ondean como estandartes, y un sombrero bajo cuya sombra reluce un colgante de sol y luna entrelazados. Sus dedos son largos y hábiles, y cada movimiento parece parte de una coreografía ensayada.
"Para la dama fuerte, que camina con la frente alta —dice al ver pasar a Bailey—, tengo un relicario de plata de Chauntea, consagrado con fuego lento y oración verdadera. No evita la muerte, pero hace que duela menos. ¿Interesada?"
Su forma de hablar es tan fluida que cuesta decir cuándo está bromeando y cuándo no. A su lado, un cartel pintado a mano declara:
"Men Udotimo – Reliquias, prodigios y protección sin pecado.
El más querido entre los vendedores devotos.
Acepto moneda y trueque (por este orden)."
Alrededor de su puesto hay al menos media docena de personas. Algunas parecen fieles; otras, simples curiosos. Un niño sostiene un trozo de tela que “perteneció a San Iarion, mártir del silencio” mientras su madre regatea con una sonrisa incómoda. Un joven con armadura mira una botellita de “agua recogida en la cripta de un penitente”.
"Recordad: no se lucha contra la oscuridad con una espada sola —dice Men con voz dulce—. A veces, lo que os salva es lo que lleváis al cuello… no lo que empuñáis."