Hoy me quedé con una idea dándome vueltas en la cabeza: ¿realmente las residencias de ancianos son una solución digna… o son, en el fondo, una forma elegante de abandono? Porque viste que muchas veces se dice “es lo mejor para ellos”, “ahí están cuidados”, “tienen compañía y médicos cerca”… y todo eso suena bien, pero también es cierto que muchos terminan ahí porque nadie puede o quiere hacerse cargo.
Y esto me lleva a algo más grande: ¿no deberíamos tener garantizada una renta básica más allá de las pensiones y apoyo psicológico real para los ancianos que están solos? No hablo de limosnas ni de palabras bonitas, hablo de un sistema que se haga cargo de esa etapa donde la mayoría ya no puede generar ingresos ni tiene una red afectiva fuerte. Para algunos, eso suena idealista, casi una utopía emocional. “¿De dónde va a salir la pasta?”, “No podemos ni con lo básico ahora…”, “La gente vive más, el sistema no da abasto”, te dicen.
Pero, por otro lado, ¿no es también una muestra del tipo de sociedad que somos? O sea, si un país se mide por cómo trata a sus niños y a sus viejos, estamos bastante flojos. Las residencias, cuando funcionan bien, pueden ser un alivio, sí, pero también pueden ser frías, impersonales, lugares donde las personas se sienten almacenadas, no acompañadas.
A favor de las residencias, hay atención médica, seguridad, cierta vida social, y para familias que no pueden cuidar 24/7, es la única opción viable. En contra, muchos ancianos sienten que los "sacaron del medio", que perdieron todo control sobre su vida, que están solos en un lugar lleno de gente.
La pregunta que me hago es: ¿estamos haciendo lo que podemos o simplemente lo que nos deja dormir tranquilos?¿Debería haber una renta básica o apoyo psicológico universal para los ancianos solos? ¿O estamos hablando de utopías emocionales?
Ya sé que mucha gente dirá que eso ya existe, que hay pensiones, atención psicológica pública y residencias para mayores… pero la realidad es que todo eso, en la práctica, muchas veces no funciona como debería. Las pensiones mínimas no dan para vivir con dignidad, la atención psicológica apenas llega o no está adaptada a los mayores, y muchas residencias públicas están saturadas, mientras que las privadas buenas son inalcanzables. Y más allá de los servicios, lo que está en juego es otra cosa: cómo tratamos la soledad, cómo cuidamos a quien ya no produce ni molesta, y si realmente queremos que envejecer en este país sea algo digno o simplemente algo que se sobrevive. No se trata de inventar la rueda, sino de preguntarnos si lo que hay realmente le sirve a alguien… o si nos conformamos porque nos deja la conciencia tranquila.
Una sociedad que aparca a sus mayores en la última curva de la vida no ha entendido nada del viaje.