Todos
Rachel dispara.
No es un disparo es una sentencia: la cabeza de Soren estalla como un melón en plena cosecha, una nube roja mezclándose con la lluvia. El cuerpo del joven sacerdote —tan soberbio unos minutos antes— se pliega sobre sí mismo y cae de rodillas antes de desplomarse, vacío.
Elijah no pierde el ritmo. A su lado, el arquero apenas tiene tiempo de comprender lo que ha pasado cuando Elijah le arrebata la pierna de un tajo limpio y brutal. El grito dura menos que la vida: cae, exhala, muere.
Ese es el punto exacto en el que la moral de los demás se rompe. Las armas caen al suelo en una sinfonía metálica: lanzas, dagas, escudos golpeando la piedra empapada.
"¡Nos rendimos! ¡Por los dioses, nos rendimos!". suplica uno.
"¡No nos matéis! ¡No tenemos nada contra vosotros!", añade otro con los dientes castañeteando.
Y aunque el combate inmediato ha terminado, el silencio dura muy poco.
Desde más allá de los muros, hacia el norte, empieza a crecer un rugido. Voces. Órdenes. El hierro chocando. Un campamento despertando.
El rumor viaja rápido entre la milicia del Barón.
"Dicen que son infiltrados de Hartsvale, señor…", se oye gritar a un soldado en la distancia. "O de Mirabar… los enanos de allí llevan tiempo tensando la cuerda con Valls…"
Cualquier enemigo sirve cuando el orgullo del barón está en juego. Pero sea quien sea el a quien culpen, lo cierto es uno:
El campamento al pie de la torre ya hierve de actividad: cascos calzándose, escudos levantándose, órdenes gritadas entre la lluvia. Vienen más. Muchos más.
Y como una exhalación, una cuadrilla baja por la escalera interior… Al frente, imponente y sereno como una lápida recién tallada, desciende Eldric de la Marca Escarlata, maestro de Soren y enemigo jurado de Elijah. Su armadura oscura absorbe la luz, y cada paso suyo suena como un juicio anunciado.
Entre la multitud que avanza desde el campamento y Eldric descendiendo desde la torre, los héroes tienen apenas un puñado de segundos.
Un latido más… y quedarán atrapados entre dos frentes.