Ronan y María
Bailey se sienta con las piernas cruzadas junto a la lumbre y apoya la cabeza en King. El warg se acomoda cerca del fuego, se enrosca con un resoplido satisfecho y deja escapar el calor de su cuerpo herido.
"Oiga, maestro Bori…", dice ella, en voz baja. "¿Qué sabe del bosque y de sus gentes? Y… bueno, no se ría, pero ¿ha oído algo sobre unicornios?"
Bori acerca la pipa a la brasa, la enciende con calma y exhala una bocanada de humo espeso antes de responder.
"Bueno… del bosque hay muchas historias", empieza. "Es un bosque antiguo, muy antiguo. Dicen que fue cuna de uno de los reinos élficos más poderosos hace eras. Como todo lo grande, acabó agrietándose y rompiéndose. Después llegaron otros: druidas solitarios, comunidades humanas que veneraban a Selune… incluso el Rey Espino mismo."
Aspira de nuevo, pensativo.
"Aseguran que tiene cientos de años. Lo cual es absurdo", añade con una media sonrisa. "Los goblins no viven tanto."
Hace una breve pausa antes de encogerse de hombros.
"¿Unicornios? Nunca he visto ninguno. Pero si queda alguno en este mundo moderno… Rawlinswood no me parece un mal lugar para buscarlos."
King bosteza abiertamente, enseñando los colmillos, mientras Bailey observa a Bori con los ojos muy abiertos, atenta, como una niña escuchando historias al calor del fuego, convencida de que, quizá, aún no todo está perdido.