Milly
Morvan ladea la cabeza, como si la pregunta de los días le resultara casi entrañable. Sonríe, pero no con los labios: lo hace con los ojos, con esa expresión de quien sabe algo incómodo y decide servirlo en porciones pequeñas.
"¿Días?", repite, probando la palabra como si no le gustara su sabor—. "No. Eso sería un lujo. Están a un paso. Unas horas, quizá menos si vienen con prisa… y vienen con prisa."
Se aparta de la pared en la que estaba apoyado y empieza a caminar despacio, con las manos cruzadas a la espalda.
"El hombre de los bosques sí. Les ha salido al paso. No estaba solo. Los Kash Moru se unieron a él cuando uno de sus santuarios de roca fue… purificado", dice la palabra con una ironía afilada—. "El perro del barón lo llamó blasfemia. Los Kash Moru lo llamaron una declaración de guerra."
Sacude la cabeza, casi con pesar.
"Fue valiente. Fue ruidoso. No fue suficiente. Les ha hecho sangrar, les ha hecho perder tiempo… pero no les ha detenido. A lo sumo, les ha enfurecido. Y él también lo ha pagado."
Se detiene entonces y mira a Milly directamente.
"Por eso aquí. No porque estar ruinas sean inexpugnable —no lo son—, sino porque es un lugar donde el terreno, las alturas y esta piedra antigua pueden jugar a nuestro favor. Y porque ellos no pueden rodearla sin exponerse."
Alza un dedo, como si fuera a dar una lección, pero enseguida se le escapa una sonrisa.
"En cuanto a los recursos…", hace una pausa deliberada—. "El recurso sois vosotros. Y yo. Y lo que esta torre recuerda."
Se encoge de hombros.
"Así que sí. Están cerca. Muy cerca. Y esta es probablemente la última oportunidad de decidir si atacar o defender".