No recuerdo con exactitud el día que la trajeron. En la oscuridad el tiempo no existe; los días se mezclan y los años se pierden. Pero recuerdo a la niña. Tenía el cabello enmarañado, los ojos desorbitados y el miedo le cerraba la garganta hasta dejarla muda.. Katie. Ese fue el nombre que le arrancaron de los labios cuando Catronia la arrojó dentro de mi celda, como quien tira un objeto sin valor.
Yo pensé que era otra de sus burlas. Que la niña no duraría más de unas horas, que terminaría gritando hasta deshacerse, como otros antes. Pero no gritó. Se acurrucó en un rincón, y en silencio me miró. Confiar en mí era absurdo. Yo era una bestia marcada, el despojo al que Catronia humillaba día tras día. Y, sin embargo, sus ojos se aferraron a mí como si yo pudiera darle seguridad.
Durante los primeros días no hablamos. Ella dormía pegada a la pared, y yo fingía que no existía. Pero a veces, cuando el hambre o el dolor me tenían despierto, sentía su respiración tranquila, ligera, como una brasa diminuta en mitad del frío. Y esa brasa me sostuvo.
Pasaron semanas, meses. Y entonces habló. Su voz era fina, quebradiza. Me preguntó si iba a dejar que la mataran. Yo no supe qué contestar. No podía protegerme ni a mí mismo. Pero esa pregunta me obligó a levantar la cabeza y mirarla de verdad. Y en ese momento se convirtió en algo más que una niña abandonada: se convirtió en mi responsabilidad.
Los años empezaron a tomar forma a través de ella. Yo no sabía si era primavera o invierno, pero podía ver cómo crecía, cómo su voz cambiaba, cómo sus pasos se volvían más firmes. Allí donde todo estaba muerto, ella era la única prueba de que el tiempo seguía. Cada palabra suya hacía la celda un poco menos fría.
Catronia lo sabía. Lo sabía desde el principio. Nunca me dio nada por piedad. Todo era un juego.
Aun así, me aferré a Katie como un naufrago a la tabla. Le contaba historias inventadas, susurros que salían torpes de mi garganta áspera. Ella me escuchaba como si fueran verdades. Le enseñaba a no temblar cuando oía las llaves, a esconderse detrás de mí cuando Catronia aparecía. La protegía con lo poco que era, con lo poco que me quedaba.
Diez años.
Diez años en los que la vi crecer de niña a muchacha, en los que su sonrisa era lo único que podía quebrar el tedio de las paredes. Ella me llamaba su hermano, su guardián, y yo… yo empecé a creer que lo era. Que incluso allí, entre el dolor y la sangre, podía ser algo más que una bestia.
Y entonces Catronia cerró la celda. Sin alimento. Solo nosotros dos.
Al principio pensé que era un castigo breve. Un par de días, quizás. Pero los días se alargaron como cuchillas. El hambre me quemaba desde dentro, un fuego que subía por la garganta, que me hacía ver manchas rojas en el aire. Katie trataba de tranquilizarme, de hablarme. Yo la escuchaba a medias, con los dientes apretados, sudando frío. El olor de su piel me atravesaba. El pulso de su cuello se volvía un tambor en mis oídos.
Recuerdo apartarme, golpear la pared, suplicar en silencio que alguien abriera la puerta antes de que fuera tarde. Recuerdo sus ojos, confiados, porque ella creía que nunca le haría daño.
No sé cuándo crucé la línea. No sé el segundo exacto en que dejé de verla como Katie y empecé a verla como alimento.
Sé que me lancé. Sé que gritó mi nombre primero, no por miedo, sino como quien pide ayuda. Y sé que al final dejó de gritar.
El sabor de su sangre fue una condena. Me llenó, sí, me dio fuerzas… pero con cada trago se me desgarraba algo por dentro. La última mirada de Katie no fue de odio, ni siquiera de pánico: fue de incomprensión absoluta.
Cuando todo terminó, cuando su cuerpo quedó inerte entre mis brazos, yo ya no era yo. Me había convertido en lo que siempre temí: una bestia incapaz de proteger lo que ama.
Catronia lo planeó todo. No me dio a Katie para salvarme, me la dio para romperme de la única manera que aún quedaba. Para que cuando recordara el único vínculo verdadero de mi vida, lo recordara teñido de sangre.
Desde entonces, cada vez que tomo una vida, la llamo Katie.
No porque lo sea. Ninguna lo es.
Lo hago porque necesito recordarlo, una y otra vez: que devoré a mi hermana, a mi amiga, a la única que creyó en mí. Lo hago para no olvidar que no merezco redención, que no hay regreso posible.
Cada vez que susurro su nombre, la veo.
La siento en mis brazos, ardiendo de miedo.
La muerdo otra vez.
Y nunca termina.