Siempre he sido un poco especialito con la comida, pero con los años he intentado abrir mis horizontes y mis papilas gustativas, con bastante éxito. Contrariamente a lo que hacía de niño, ahora pruebo las cosas y no me cierro a (casi) nada, en vez de rechazarlas sin más.
Cuando estuve en Japón nos fuimos a un local que los hacía en plan bien, en Hiroshima, de donde son bastante típicos. Si no recuerdo mal era un puto edificio de no sé cuantas plantas en las que todo eran restaurantes de okonomiyaki. Comimos relativamente deprisa porque teníamos las entradas para el museo de la bomba atómica, y nos tiramos dentro bastantes horas.
El punto al que quiero llegar es a que a la salida del museo me dio un mareo del puto hambre que arrastraba, porque después del primer bocado de esa... cosa, se lo acabé echando en el plato poco a poco a mi novia. Si mi paladar tuviese que declarar una guerra eterna lo haría al okonomiyaki. Si fuese al infierno me torturarían dándome de comer repugnante okonomiyaki. Y si tuviese que borrar una comida de la faz de la tierra sería el jodido okonomiyaki.